Suerte con hocico de perro

Si la vida de perros es un destino en la calle, en esta ciudad la suerte de un perro urbano te hace pensar, qué de cierto hay en la vida callejera. Vi que se abrió el portón de vidrio a las siete de la mañana, puntual, riguroso, le faltaban guantes blancos y dudé si era de verdad elegante pues si tenía puesto el kepis y con corte capilar de oficial, el celador del edificio. Yo esperaba a una personalidad, o a una mujer para subirse al cuatropuertas. Yo la imaginaba con gafas enormes como su burka musulmana, para ocultar el rostro y destacar su misterio erótico o un juego de coquetería urbana, no soy fácil de descifrar, soy hueso duro de roer. Me detuve para saber a quién le abría la puerta el celador con pinta decidida de oficial. Unos segundos retuvo la puerta, unos segundos fijé la mirada. Y no, no era. Primero el celador miró al piso, después vi una cola que se meneaba, después apareció el hociquito. Era una mascota, un perro de aguas de mechas blancas. Y en la acera había otro hombre con uniforme azul que abrió la portezuela de una ‘ruta’ en la que llevan a los colegios campestres a los adinerados infantes. Leí en la portezuela: escuela campestre de mascotas, entrenamiento psicosocial, clases de socialización, atmósfera idílica en las afueras de Bogotá con personal entrenado para atender bien a su amor de mascota. Hubo un ladridito, dos saltos y un embalado perro de aguas que se metió en el vehículo. Y siguió la escena, una mujer con cuerpo entrenado en gimnasio, de larga cabellera negra, le lanzó con la mano un beso de adiós desde la puerta de cristal biselado que se cerró cuando la mascota se alejó en la ‘ruta’ a su escuela campestre. Era la calle bogotana; esa misma tarde la historia de vidas de perros tuvo este episodio, entré a lo que en Bogotá llaman el líchigo, la revueltería donde hay verduras, tomates, uvas, tostones comida dietética para perros con sabores a salmón, paella o carne salvaje de alce. Jesús como siempre estaba en la registradora, y hablaba por teléfono. Me preguntó con mirada desolada -¿Sabe el número de atención inmediata para emergencias? No entendí, ya suficientes sorpresas viví esa mañana. Y me dijo -Hace un rato pasaba a toda velocidad una cuatro puertas negra, veloz como la muerte. Sentí un golpe. Miré hubo un estruendo de huesos, cartílagos y de masas comprimidas, que se rompían. Y hubo un largo grito que no entendí. Esta es la avenida 45 por donde van a toda bicicletas, motos, Mercedes Benz, escoltas en autos negros, camiones de mudanzas, así que imaginé cualquier cosa. Le pregunté -¿A quién atropellaron? Por allí pasaban niños escolares, indigentes adictos de edad indefinible casi viejos casi jóvenes. Y Jesús con sus ojos tristes me dijo -mire al separador. Había un cuerpo tendido, sanguinolento, tirado sobre el poco prado. -Lo agarró la cuatro puertas, las llantas le pasaron por encima, lo estampilló al asfalto y siguió como si fuera la muerte en ruedas. Volví a mirar y me dije pobre vida de perros. Era un gozque criollo de color miel con pinta callejera atrapado en el vórtice de velocidad urbana que lo aplastó. Vidas de perros de la ciudad de las jerarquías.

Rubén Darío Florez

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