La música que trajo la peste

Las costumbres en las calles han cambiado de qué manera con la llegada de la Covid-19. Volvió la rockola, la música de los discos, y la memoria empolvada del pentagrama. La peste de la Covid-19 ha traído una música que estaba en rincones olvidados de la memoria. Y no es una frase . En Bogotá que parece olvidar muy rápido y que para algunos es la de los ritmos veloces que muy pronto echa al cajón del olvido personajes, historias y no tiene compasión con el recuerdo; es una ciudad que los rescata en esta pandemia.

En este febrero por las calles de la capital de nuestra patria Colombia, se sacaron del baúl de los espejos de la memoria, las partituras con notas de los 50, los cuadernos de apuntes con letras de canciones que cantaba el tío bohemio, con zapatos charolados que le servían de superficie para peinarse y con mancornas de oro, oliendo a agua de colonia importada, que se perdía desde el jueves por las calles de bares y mujeres hechiceras que lo dejaban sin un peso y enguayabado.

En Bogotá la atmósfera de salones olorosos a nicotina y bailes amacizados bajo lámparas de mamparas a media luz, mesas tapizadas en paño verde y ojos ansiosos a las vueltas que daban los dados, o tratando de adivinar los signos de los naipes, volvió con su música de antes. ¿Qué fantasías, qué aventuras de la memoria? ¿Qué fantasmas que tienen idioma de románticos compositores colombianos, han vuelto?

De no sé qué esfuerzo de sobrevivir, de no se sabe cuál pasión por enfrentar el desastre con la inspiración de un bolero o un bambuco, sacó arrestos y ganas de no dejarse arrinconar, la tradición de la música denigrada, menospreciada con tanto efecto de video gringo, con tanta candileja de reflectores, de mezcladores de sonidos, y propaganda televisiva para embobar con montajes y cinematografía copiada.

“A mí me tocó esta ruta y qué le vamos a hacer”, un vozarrón llanero con arte que remueve frustraciones y esperanza irrenunciable, estremece todos los rincones de mi barrio. ¿Y cómo trajeron el arpa homérica, las maracas cartageneras, el amplificador hechizo que hechiza el oído? Esto pasa el lunes. El miércoles dos músicos de la academia Luis A. Calvo, con corbatín negro y cola de caballo, tocan en un saxofón que parece de acero mágico, acompañados por la armónica, San Pedro en el espinal.

Los sonidos se van desgranando en torbellino de palabras, acontecimientos y rostros que se adhieren como la vida a la memoria. Los músicos son muy jóvenes, dos generaciones van por estas calles con sus arpas llaneras, sus guitarras aventureras, sus tambores costeños, sus flautas del mago Hamelín espantando la peste de la melancolía.

La pandemia devolvió la memoria de versos escritos por compositores anónimos en madrugadas bohemias, “en mis recuerdos grabado estará tu nombre”. Y a lo lejos en la calle 46 con carrera 27 de Teusaquillo un músico canta “No le temo a noche oscura que llueva o relampaguee mi lucero son los peces”. Qué invencible esperanza del pueblo en el año de la peste.


Rubén Darío Flórez

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