La enorme distancia

Por: Rubén Darío Flórez


No tiene tiempo para vivir, va a tenerlo para la nostalgia de la poesía. En una capital el tiempo es para producir; el billete papi, dicen ahora en el léxico traqueto, que no crea capital, sino que va a la caza del billete. Pero por no se sabe qué grietas del capitalismo criollo de violencias a mansalva, se desbordó por las esquinas de las capitales de Colombia la cultura popular, de canciones y frases profundas de los dramas, tragedias y el desamparo colombiano fruto de un orden de crimen sin castigo.

La pandemia hizo de la necesidad una veta para crear belleza y revitalizar las memorias del arte verbal. La frase que se fue desgajando y quedó flotando en el óxido nostálgico de la mañana, que se pegó a los oídos de los transeúntes era: “Así se van mis penas como tristes mariposas que vuelan de flor en flor”. Yo venía de comprar las arepas y el pan, me quedé de una pieza escuchando un arpa llanera. La calle a las 7 a. m., casi no tenía transeúntes y Coco levantó las orejas.

La melodía se afirmaba, se detenía en sus notas, extrañas, venidas de la sabana. Avancé más y vi a una niña con corona dorada que brillaba. A su lado la madre de unos 35 años, pelo azabache, ojos grandes con pestañas negras que acentuaban la noche tibia de sus ojos, vestida como para una fiesta en otro lugar, no en esa esquina. Cuando Coco se acercó con su miniatura de talla de canino impertinente, levantó la cola; un niño de escasos 11 años como la niña de tiara ilusoria, le habló a Coco.

No supe que sentir. Estaba la familia entera con un equipo de amplificación. No había ni golondrinas, ni palmeras ni horizonte infinito de la sabana oriental, ni tampoco un palmar. La esquina estaba en Bogotá, en la despiadada realidad hecha en Colombia. El hombre de complexión vigorosa, con botas negras para montar un caballo brioso, chaleco negro, dentadura blanquísima declamaba, cantaba y su vozarrón invadió el espacio entre las ruinas de Transmilenio, la autopista gris atascada, el yarumo en flor de la esquina y el vendedor ambulante de arroz con leche.

La madre, el padre, el niño que jugaba con la mascota de melena dorada y la niña vestida para su fiesta en la sabana, estaban casi que abrazados, protegiéndose con la voz del padre: “Las golondrinas con tus últimas palabras se me han quedado grabadas en el pecho”. La música era triste, la melodía iba y volvía como un adiós, pero la voz estaba llena de convicción en una fantástica esperanza. Como millones abandonados por el capitalismo criollo a su muerte y a su suerte.

¿Cómo llamar a esta insostenible, bella, conmovedora combinación de esperanza indomable y errancia sin seguro de vida? Me quedé varios minutos dentro de la canción que invitaba a la rabia sin rencor, a un amor salvaje y tierno, a una nostalgia sin doblegarse para seguir viviendo: “No le digas al camino guayabo negro marchito que tú me has visto llorar”, escuché al llanero de pinta de indígena de reciedumbre colombiana imbatible. Se fueron y ¿qué será de ellos?, el capitalismo de oprobio sigue ahí, pero, el arte es siempre y breve la vida.


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