ARTÍCULOS DEL PROFESOR JULIÁN SABOGAL TAMAYO

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN UDENAR PERIÓDICO Y EN LA PÁGINA DE ACECRI


LO QUE DESNUDÓ LA PANDEMIA (04/05/2020)

Por Julián Sabogal Tamayo*


El filósofo esloveno Slavoj Žižek escribió un ensayo titulado Pandemic, donde plantea que la pandemia del coronavirus dejó al descubierto otra pandemia, que lleva varios siglos arrasando con la vida humana y con las condiciones de vida del planeta: el capitalismo. Desde sus primeros pasos, el capital[1] mostró lo que tenía para ofrecer a la humanidad. España, en su conquista de nuestros ancestros, eliminó a la mayor parte de la población; en los primeros veinte años de la presencia conquistadora en nuestro continente el 90% de la población caribe y arawak había muerto a causa de viruela, gripe y sarampión; hay acuerdo entre los historiadores en que la viruela mató más gente que los Arcabuces, los trabucos, las lanza y las espadas. Lo que no significa que los asesinatos con estas armas hayan sido pocos. Y el capital ha seguido su marcha asesina hasta hoy. Los veinte millones de muertos de la Primera Guerra Mundial y los cincuenta de la Segunda Guerra son solo una muestra. En estos momentos, mil millones de personas en el mundo están en riesgo de morir de hambre o de enfermedades derivadas de la inanición. Es decir, el capital es la pandemia campeona en cuanto a destrucción de vida. Esta historia, presente en todo el planeta, escapa a la mirada de la mayor parte de la humanidad, la explicación de tan extraño miopía se debe a que la burguesía no solo es propietaria de las formas de capital: los bancos, las fábricas, la tierra, etc. sino también del saber, particularmente de las ciencias sociales, que se encargan de esconder la naturaleza del capital. Las ciencias sociales, en manos de la burguesía, muestra una imagen invertida de la realidad social.


Los capitalistas tienen un doble comportamiento frente a la sociedad y el Estado. Cuando se sienten fuertes piden libertad –que se adelgace el Estado, dicen– y cuando se presenta alguna dificultad entonces el Estado debe responder. Recordemos lo que argumentaron los burgueses colombianos cuando empezaron a privatizar todo lo que se les atravesaba, decían que el Estado no podía ser empresario, por lo cual, había que entregar a los que sí sabían de negocios todo lo posible: la salud, la educación, las comunicaciones, etc. –laissez nous faire,[2] vienen repitiendo desde el siglo XVIII en tiempos de vacas gordas– pero cuando aumenta el riesgo, como ahora, los banqueros esperan que el gobierno les garantice el respaldo de los créditos; ahora resulta que ellos son unos simples intermediarios cuyo deber es vigilar los intereses de los ahorradores, la verdad es que por esta “humilde” tarea reciben ganancias que se calculan en millones de millones,[3] mientras a los ahorradores pequeños les pagan en pesos y centavos. Una cosa son los ahorros de un humilde trabajador que mantiene temporalmente en el banco una parte de su precario salario, tal vez obligado por su empleador, y otra cosa son los billones de los capitalistas.

Ahora la pregunta, respecto al modelo social y económico, es qué viene después de la pandemia. En lo que no cabe duda es en que vendrá una crisis económica muy profunda. Habrá crisis porque parte del sector productivo está detenido, buena parte de los que trabajan creando bienes materiales no lo están haciendo. Por esta razón primero que se prueba es que solo el trabajo humano crea valor. La crisis económica más profunda que se ha conocido es la de 1929–1933. Después de esta crisis se presentaron en los países capitalistas dos opciones: una de derecha extrema personalizada por Hitler y otra de derecha más moderada personalizada por Roosebelt, el New Deal. Permaneció la tercera opción que eran los países socialistas, los que después de la Segunda Guerra llegó a cubrir el 40% de la población del planeta; hoy esta opción no existe. Después de la pandemia del covid-19, hay que pensar y actuar hacia otra alternativa, cerrarle el paso a la disyuntiva entre derecha liberal y derecha fascista. Žižek, en el libro mencionado, dice que la única alternativa para la humanidad es “algún tipo de comunismo reinventado”, sería un “comunismo basado en la confianza en el pueblo y en la ciencia”, porque la humanidad “necesita una solidaridad total e incondicional y una respuesta coordinada a nivel mundial, una nueva forma de lo que una vez se llamó comunismo”. Creo que mínimamente se requiere una opción económica y social donde los bienes que comprometen la vida, particularmente la vida humana, no vuelvan a ser mercancías, que jamás vuelvan a servir de medios para obtener ganancia. Es el caso de la salud y la educación, que son la garantía de la vida y del conocimiento, la salud para mantener la vida y el conocimiento para buscar el bienvivir. Y, además, que garantice una vida digna para toda la humanidad.


Por supuesto, las medidas para salvar la vida constituyen hoy la primera prioridad. Pero, simultáneamente, es necesario pensar en la sociedad pospandemia. Me parece que los profesores y las profesoras de ciencias sociales, incluida Economía, están muy silenciosos al respecto, ¿qué pasará?

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PRODUCCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y PROPIEDAD (18/05)

Julián Sabogal Tamayo


Quiero compartir algunas ideas elementales sobre los planes del gobierno para salvar a las empresas. Son realmente planes para salvar al capital, a la empresa capitalista. Esto es normal, puesto que se trata de un gobierno burgués; todos los gobiernos burgueses actúan bajo la apariencia de que gobiernan en bien de toda la población, pero lo hacen en beneficio del capital.


Veamos el caso de la propuesta de Fenalco. Demos una mirada somera desde la Economía Política de Carlos Marx, que es la mirada adecuada para los trabajadores. Ya sabemos que los capitalistas en las épocas de altas ganancias piden libertad y no intervención del Estado, lessez nous faire (déjennos hacer), señor Estado no se meta en nuestros asuntos. Pero en los momentos de riesgo entonces dicen: señor Estado sálvennos con los impuestos de los ciudadanos. Fenalco ha dicho lo siguiente, para salvar a las empresas: proponemos que el gobierno pague una tercera parte de los salarios, que los trabajadores se rebajen sus salarios en otro tercio y los empresarios capitalistas pagamos el tercio restante. En la visión de Marx sucedería lo siguiente, veamos primero un ejemplo numérico, en condiciones normales. Supongamos una inversión de capital de 100 unidades dinerarias, de ellas 91 en capital constante (medios de trabajo y materias primas) y 9 en capital variable (salarios) y supongamos una cuota de plusvalía de 300 por ciento, esto nos daría una plusvalía de 27 y el valor (precio) de la mercancía producida sería de 127 = 91 + 9 + 27. La cuota de ganancia para el empresario sería de 27% (invierte 100 y gana 27).


Apliquemos ahora la propuesta de Fenalco. El capital constante sería el mismo, de 91, el salario sería de 3, los otros 6 los pagamos nosotros, una parte de los salarios y otra parte de los impuestos. El precio de la mercancía seguiría siendo el mismo, de 127, porque es el mismo objeto útil (valor de uso), por lo cual la plusvalía sería de 33, en vez de 27 (los salarios que pagamos nosotros se vuelven plusvalía para el capitalista) y la cuota de ganancia, del capitalista, sube a 33%.


Los capitalistas, el gobierno y sus economistas (los que Marx llamó lacayos diplomados) nos dirán que sin empresarios capitalistas no hay empresas, sin empresas no hay producción y sin producción no hay bienes para la población. Estas son simples falacias. La propiedad no tiene nada que ver con la producción, la utilidad de las cosas (el valor de uso) depende únicamente del trabajo y de la naturaleza. Tampoco la administración de las empresas depende la propiedad de la misma, el administrador (el gerente) puede ser un asalariado. En la Comuna de París, cuando en 1871 los obreros franceses se tomaron el poder, si un propietario capitalista decía que no podía sostener su empresa, esta pasaba a manos de los trabajadores y seguía produciendo. El empresario no pierde nada que sea realmente suyo, porque el capital que posee es la acumulación de la plusvalía explotada al trabajo ajeno. Como se puede ver, de la triada propuesta por Fenalco: empresario capitalista, Estado y trabajadores, el que sobra es el capitalista.


A lo que estoy afirmando, se puede oponer además la letanía de que la propiedad privada capitalista es sagrada y eterna, pero las dos cosas son falsas. La propiedad privada nació cuando la productividad del trabajo permitió que quien trabajaba produjera más de lo que necesitaba para vivir y otro, que decidió vivir sin trabajar, se apropió del excedente por medio de la fuerza. Con el tiempo, la expropiación se legalizó y, para justificarla, se crearon las ciencias sociales, particularmente la teoría económica.

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EL CAPITAL O LA VIDA, ESTA ES LA CUESTIÓN (23/06)

Julián Sabogal Tamayo


Este dilema, obviamente negado por el gobierno, volvió a plantearse el día de la venta sin IVA. Como era previsible, en ese día, la población de las ciudades se lanzó masivamente a los centros comerciales, haciendo caso omiso de las medidas que previenen la contaminación del covid-19. Como si la consigna fuera: la vida no importa, si se trata de comprar objetos baratos; esto de parte de la población. De parte del gobierno, el propósito de la medida del día sin IVA, era aumentar las ventas, en otras palabras, favorecer al capital: la vida no importa, cuando se trata de aumentar las ganancias de los capitalistas.


Hay una consideración, que desvía la atención sobre el problema fundamental, sobre la cual la prensa ha hecho especial énfasis. Es la idea de preguntarse por el comportamiento de las personas, si saben que la vida está en peligro, ¿por qué se arriesgan? Creo que, en este aspecto, la causa fundamental no ha sido considerada. El sistema capitalista durante varios siglos ha sembrado en la consciencia de la gente la importancia de ser comprador. Para muchas personas, los valores de uso no se consumen para satisfacer necesidades vitales sino para adquirir status, esto es lo enseña la publicidad. El fin de la publicidad es convencer a las personas de que compren lo que no necesitan; lo que se compra exclusivamente por necesidad –ejemplo, las muletas– no son objeto de la publicidad.


Como bien sabemos, la mayor parte del tiempo de la radio y la televisión está dedicado a la publicidad, es decir, tiempo dedicado a sembrar en la mente de la población la importancia de ser comprador. Esto fue lo que se expresó el día sin IVA.


La mayor parte de la gente que se lanzó a las calles, poseída por el espíritu del consumismo, no lo hizo a comprar artículos de primera necesidad. Las personas que están con hambre, que no cuentan con medidas de apoyo de parte del gobierno, no salen a buscar el último televisor ni el último celular sino medios para sobrevivir.


Los defensores del capital saben que se trata de vender lo más posible, para aumentar los ingresos y así subir las ganancias que son el alimento del capital. Como lo demostró el día sin IVA, mayores ventas se alcanzaron a costa de mayor riesgo para la vida: más ganancia para el capital, menor oportunidad para la vida humana. El gobierno, por ser capitalista, está del lado del capital, ¿quién defiende la vida? Tendrán que hacerlo las organizaciones políticas de los trabajadores y las organizaciones populares.


¿Y… la Universidad? Por ahora, al menos en Economía, los enfoques fundamentales están del lado del capital; esperemos que la pandemia lleve a la reflexión. Los estudiantes, salvo pequeños grupos políticos de izquierda, no parecen enterados del peligro en que se encuentra la vida, particularmente la vida humana. Ojalá, cuando la mayor parte de la población entienda que la vida está en peligro y que los defensores del capital no la pueden defender, no sea demasiado tarde.

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PENSANDO LA CRÍTICA (23/07)

Julián Sabogal Tamayo*


Por crítica se suele entender muchas cosas. Por ser una categoría de mucha importancia en los tiempos que corren, los integrantes de la Asociación Colombiana de Economía Crítica tenemos, en este aspecto, gran responsabilidad frente al país. Hay consenso en que la pandemia traerá una crisis múltiple, tal vez inédita, frente a la cual hay diferentes opciones. Algunos querrán regresar al pasado y otros buscarán una salida aún más a la derecha, por eso los que tenemos un pensamiento crítico debemos unirnos entorno a una alternativa diferente, ni más de lo mismo ni una salida fascista.


Me propongo, en este corto artículo, compartir unas reflexiones sobre el concepto de crítica. Mi reflexión tiene como base fundamental los planteamientos al respecto de Estanislao Zuleta, particularmente en el epílogo a un libro reciente, una colección de textos de distintas épocas, titulado Platón. Por supuesto, no espero que la sola crítica teórica cambie el mundo, ya el joven Carlos Marx escribió en su artículo La cuestión judía (a los 25 años), lo siguiente: Es verdad que el arma de la crítica no puede sustituir la crítica por las armas; la violencia material solo puede ser derrocada con violencia material. Pero también la teoría se convierte en fuerza material, cuando se apodera de las masas. Las fundamentales armas de las masas, que Marx tenía en mente, son la organización y la movilización.


El planteamiento de Estanislao es que la ciencia moderna hunde sus raíces en la Grecia Antigua, precisamente porque en esta sociedad existió la crítica. Entre los griegos de la época clásica no existía una verdad predeterminada, revelada; las concepciones mitológicas del mundo eran descritas por los poetas y contra los poetas no existe la herejía, por lo tanto, el pensamiento era libre. La crítica libre, junto con la lógica, también de origen griego, terminó por constituirse en una teoría del conocimiento.


Claro que la libertad, en este caso, tiene una cara que podemos llamar negativa. Existe el peligro de creer que no existe en realidad ninguna verdad sino solo verosimilitud, cosas que a uno le parecen verdaderas; cada cual tendría su verdad según le provoque… Cada hombre sería la medida de todas las cosas, cada cual tendría su propia verdad, porque no hay criterio alguno de verdad exterior.[4] Este peligro se hizo realidad con los sofistas contemporáneos a Sócrates y los posmodernos de finales del siglo XX.


En vista de que el concepto de crítica se ha tornado polisémico, cada quien parece utilizarlo según su conveniencia. Los integrantes de Acecri estamos llamados a construir una crítica que cumpla, a mi entender, dos requisitos: tener fundamento teórico y contribuir a la construcción de conocimiento.


Existen al menos tres clases de crítica:

1ª. La crítica vulgar, que se caracteriza por dirigirse contra la persona que opina, mas no contra su opinión. Un buen ejemplo de la crítica vulgar es la que practica el actual presidente de los Estados Unidos. Veamos un ejemplo. Jim Mattis, exsecretario de Defensa de Estados Unidos, se pronunció contra Donald Trump por no intentar unir al pueblo, a lo cual Trump respondió diciendo que Mattis es el general más sobrevalorado del mundo. A simple vista, esto podría significar que si Mattis fuera un gran general, su afirmación sería verdadera; pero realmente no es esa la idea, lo que espera Trump es que al desprestigiar al general nadie lo tenga en cuenta. Tenemos, en este mismo sentido, ejemplos en los panfletos de los políticos donde la crítica se constituye en verdaderos duelos de insultos y, al final, nadie recuerda qué le dio origen a ese duelo; esto, por supuesto, no le aporta nada a nadie, salvo la posible satisfacción subjetiva del insultador por haber utilizado el insulto más contundente. Por ejemplo, en las discusiones con los miembros del nuevo partido Farc, el calificativo más frecuente es de “asesino” o “narcopolítico”. Es obvio que quien utiliza estos calificativos sabe bien que con esto no aporta nada ni a la política ni a la solución de algún problema social, seguramente espera que al dar ese calificativo al contrincante hace que este no obtenga muchos votos en las próximas elecciones. Todo indica que el interés verdadero de los políticos tradicionales son las próximas elecciones.


2ª La crítica dogmática. Esta crítica se ejerce con base en la verdad de quien critica. La equivocación del otro no se busca en el contenido de su opinión, sino en la verdad que defienda; por ejemplo, los calificativos de comunista o castrochavista se toman como un argumento contundente contra determinada opinión.


3ª La crítica desde la razón. Esta crítica se dirige exclusivamente a las opiniones del otro, que deben refutarse con argumentos racionales o con pruebas de la realidad concreta. Los dos grandes críticos de la historia son, creo yo, Sócrates y Carlos Marx. El caso de Sócrates es evidente, como lo muestra Platón. Marx creó una teoría que llamó Crítica de la Economía Política –se entiende por Economía Política al pensamiento burgués– Marx no insulta al principal representante del pensamiento burgués en su momento que era David Ricardo, al contrario, lo trata con gran respeto. Lo que hace es lo siguiente, toma por ejemplo la teoría del valor de Ricardo, precisa su validez histórica y su punto débil y termina con una propuesta que lo supere. En este caso, lo nuevo es el carácter histórico del valor He invitado al filósofo Sócrates a que sostenga un diálogo con uno de los ministros del gobierno del doctor Duque.


Sócrates- Señor ministro, hace poco, ante la pregunta sobre la posibilidad de que el gobierno apoye financieramente a la empresa Avianca, usted respondió que esa financiación era posible, pero que el interés del gobierno no es el de ayudar a la empresa ni a los accionistas sino a la capilaridad de la empresa. ¿Qué quiso decir?


Ministro- La idea es que nuestro interés es la capilaridad. Es decir, los recorridos que hacen los aviones transportando los pasajeros a los destinos que estos necesiten. Esta es nuestra preocupación, no la empresa ni sus accionistas.


Sócrates- Aunque la palabra “capilaridad” me parece innecesaria, ya empiezo a entender. Pero hay otros aspectos que aún no entiendo. El pasajero necesita, de una parte, un puesto en un avión, y, de otra, que el avión cambie de lugar en el espacio; que vuele, por ejemplo, entre Bogotá y Tumaco. Este beneficio nada tiene que ver con que exista una empresa o que esta tenga accionistas. Como el gobierno quiere garantizar que el pasajero obtenga esa utilidad (valor de uso), tendría dos opciones, una, ordenar que un avión se parquee en el aeropuerto de Bogotá y, después de que recoja los pasajeros, vuele a Tumaco y deje aquí los pasajeros y, una segunda opción, puede entregar a cada pasajero el dinero necesario para que compre un tiquete y obtenga el beneficio del traslado. De esta manera, cumple con la capilaridad. ¿Es esto lo que piensa hacer?


Ministro- Ninguno de los caminos que usted menciona es posible. Las cosas en nuestro ordenamiento social tienen sus condiciones. Los servicios, como el transporte aéreo, los prestan necesariamente las empresas, como es el caso de Avianca, y estas tienen propietarios que, generalmente, son accionistas. El problema hoy es que, por la Pandemia, se han suspendido los vuelos de los aviones y, por lo tanto, la empresa ha dejado de recibir ingresos, que son las ganancias de los accionistas y esta es la razón de ser de la inversión de capital. Por lo tanto, debemos darle apoyo financiero a la empresa para que, de esa manera, funcione todo el mecanismo y se satisfaga la capilaridad.


Sócrates- Yo utilizaría otro mecanismo más sencillo y más directo para satisfacer la necesidad de quienes necesitan viajar, por supuesto cuando la Pandemia lo permita. Me olvidaría de la empresa y de los accionistas, decretaría suspendida temporalmente la propiedad sobre los aviones y los utilizaría cuando fuera necesario.


Ministro- Esa es una propuesta castrochavista, inaceptable en una sociedad democrática de mercado libre, como la colombiana.


Sócrates- Ya voy entendiendo. Pero me queda la sensación de que lo de la “capilaridad” es una distracción que permite garantizar los rendimientos financieros de los accionistas de Avianca. Pero, como hay algunos conceptos que en mi época no existían voy a llamar a un amigo moderno, para que me explique. Este se llama Carlos Marx.


Sócrates- Carlos, después de escuchar mi diálogo con el ministro, ¿podrías precisarme algunas cosas?


Marx- Con mucho gusto. Uno de los descubrimientos que hice, al estudiar el capitalismo, fue que lo que aparece en el mercado, lo que todo el mundo ve, es solo una parte de la realidad, la cara externa de la realidad, la forma en que la realidad se presenta. Pero la realidad tiene otra cara, la cara interna, que es su esencia. En el mercado todos somos iguales, intercambiamos cosas con igualdad de derechos. La relación entre el obrero y el capitalista (propietario de los medios de producción) también tiene la apariencia de equidad: el obrero trabaja y recibe a cambio un salario, además, lo hace libremente; en cualquier momento puede abandonar el trabajo y no hay manera de obligarlo a permanecer en él. Pero en la producción, lejos de las miradas de los transeúntes, el obrero entrega una cantidad de trabajo, que materializa en mercancías, que no es equivalente a la cantidad de trabajo que recibe en forma de salario. Entre la cantidad de trabajo que el obrero le imprime a las mercancías y la cantidad que recibe en forma de salario hay una diferencia que es la plusvalía, esta es creada por el obrero y apropiada por el capitalista, a cambio de nada. Además, la libertad del obrero para abandonar un empleo también es aparente. Puede abandonar a un capitalista pero no a la clase de los capitalistas. La disyuntiva del obrero es vender su capacidad para trabajar por un salario, siempre inferior al valor que él crea, o morir de hambre junto con su familia. Estas verdades esenciales, que no están a la vista de todo el mundo, son sometidas a disputa permanente. De un lado, los pensadores que estamos del lado de los trabajadores por tratar de develarlas, de ponerlas al alcance de la comprensión de los trabajadores y, del otro lado, los pensadores que están del lado del capital por tratar de escóndelas cada vez más, por impedir que se comprendan.


Sócrates- Y, en tiempo de pandemia, ¿cómo es la cosa?


Marx- La pandemia impide trabajar. Como el trabajo es el que crea valor, hay crisis en la economía. Por su parte, los gobiernos pertenecen a los capitalistas, salvo escasas excepciones, no hay gobiernos de los obreros. La misión de los gobiernos del capital es defender sus ganancias. Pero no lo pueden hacer a luz del día, sino dando la apariencia de que defienden el interés de toda la población. Una de las formas de esconder sus verdaderas intenciones es inventar palabras encubridoras, echar sobre la realidad capas de frases, muchas de ellas incomprensibles para la mayoría de las personas, a fin de encubrir la defensa de los intereses del capital.


Estas sencillas reflexiones son sólo una invitación a que pensemos en el tema. En estos momentos históricos el dilema es: el capital o la vida. Los gobiernos de derecha niegan el dilema para ocultar su opción por el capital. La pandemia pasará y luego los que sobrevivan (o sobrevivamos) deberán buscar opciones: regresar al mundo de antes de la pandemia, que no era bueno; ir hacia un mundo peor, el que propone la derecha fascista; buscar un mundo mejor, que no está escrito: se hace camino al andar. El mundo mejor tenemos que empezar a pensarlo ahora. El camino teórico para la búsqueda es la crítica, una crítica no vulgar ni dogmática.




* Profesor Titular de Pensamiento Económico, Universidad de Nariño.


[1] Entiendo por capital la relación entre el propietario explotador y el trabajador explotado.


[2] Déjennos hacer, o sea, pedimos libre competencia.


[3] Las ganancias de los bancos colombianos en 2019 fueron de 13.5 billones de pesos.


* Profesor Titular de Pensamiento Económico, Universidad de Nariño, Socio fundador de la Asociación Colombiana de Economía Crítica, Miembro de Número de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas.


[4] ZULETA, Estanislao (2019) Leer a los clásicos, Medellín: Sílaba editores, pág. 153.

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