¿La sarten por el mango?

Hay expresiones que mantienen su uso en el lenguaje popular, expresiones de auténtico espíritu colombiano, aluden, con indirectas y dobles sentidos, que solo un colombiano entiende y emplea con precisión. Son de chispa y humor ¿Cómo se vuelve un florero de porcelana importado en motivo de rebeldía? ¿Metamorfosis de un florero en imagen política?

Esta es una leyenda colombiana, el florero de Llorente. Que el chapetón Llorente se negara a prestar un florero a un criollo, llevó al límite de enfrentamiento. Se habían acumulado desacuerdos, se tenía claro que había que reorientar el curso político de la nación. Se exigían otros sectores populares en el poder. Y el pueblo dio con un lenguaje: el florero.

Se me viene a la mente esta imagen, caigo en la cuenta como semiótico, lingüista nacido y criado en Pijao viviendo en Bogotá: trae riesgos sociales desoír las señales que comunica el pueblo o como se dice ahora calcando el inglés: sociedad civil. Me gusta el pueblo, con la majestad y decisión suyas. Pero quisiera llamar la atención sobre ollas, cucharas, cacerolas, sartenes y tapas de pitadora. ¿Podía expresarse una opinión profunda, un sentimiento colectivo resultado de una experiencia y de un sentido desacuerdo por medio de una cuchara?

¿ Las ciudades de Colombia, qué modos de expresión política usan? En la memoria de la cultura de Colombia, las caricaturas, las escenografías urbanas de pasacalles y demás artificios semióticos como en el funeral masón del general Benjamín Herrera en Bogotá en la década del 20 del siglo XX, y también amarrarse con cadenas, o las huelgas de hambre han servido de lenguajes cuando la copa se rebosa. Expresión en un vals de Julio Jaramillo.

El caso es que en Colombia la ciudadanía tiene derecho al pataleo, garantizado por la Constitución. Siguiendo esta historia de floreros, cucharas y lenguajes populares, quiero traer a la memoria, amigo lector que en noviembre del año pasado sonó en toda Colombia la primera sinfonía política que sacó todos los trebejos, utensilios, fierros, aluminio y tenedores de las cocinas para expresar desacuerdo con el rumbo del país. Empezó un tun tan de la olleta, continuó en tilín tilín de cucharas y cacerolas, fue creciendo con el chas-chas de tapas de pitadoras, se extendió de barrio en barrio con traca traca de olletas y tup-tip- tup de molinillos, subió exigente a la plaza Bolívar un tun tan tucu tu tin tan irritado de sartenes, tapas de ollas sin sancocho, de descontenta batería de música popular y así todo el pueblo de Pijao, Bogotá, Manaure, Zipaquirá, Santa Marta, Armenia, Manizales y Leticia retumbó, replicó desde la cocina con conciencia ciudadana que las cosas en Colombia no van bien.

Fue la sinfonía vanguardista de síncopas, ritmos, música para planchar, bolero tropical y lenguaje popular con los tiestos de cocer el arroz. ¿Se atendió al clamor de chocolateras, cucharas y tapas? La olla express sigue subiendo de presión.

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Alberto Romero