DE PANDEMIA, CUARENTENA Y LAS SERIES

Menos mal que la pandemia nos cogió confesados: con alta tecnología comunicativa. ¿Cómo hubiera sido esto sin redes sociales, sin correo electrónico, sin diversidad de información, pero sobre todo sin series? Veníamos transitando de la película de dos horas cuando máximo, a series de largas e interminables jornadas. Ya ni películas buscamos, ni preguntamos por ellas sino que nos interesan las series. Nos enganchan por la velocidad e intrepidez, pero sobre todo porque alcanzamos a participar en ellas, escogemos los personajes para vivir con ellos desde la solidaridad hasta el deseo del mal. Alguno de ellos termina pareciéndose a uno o uno quisiera parecerse a cualquiera de los implicados. No hay personaje de segunda, todos juegan a la representación de un tipo de género humano. En todas las series por lo regular tratamos con gente viviendo en la frontera, en los límites. La supuesta normalidad de la vida cotidiana se trastoca para darle paso al comportamiento de los hombres en condiciones extremas.


Es una forma triunfante de leer sobre otras formas de lectura. Un tipo de lectura que nos viene como anillo al dedo a quienes conocimos la obra de Balzac, de Víctor Hugo, de Pérez Galdós, de Tolstoi y Dostoievski; de Zola, de Sholojov, etc., que fueron las series de nuestra tardía adolescencia, pero que había que leerlas en libros. Salíamos de un tomo de Los Miserables para meternos en el siguiente; de un libro de Pérez Galdós pasábamos al siguiente, eran noches enteras devorando series. Todo lo que antes teníamos que leer para vivirlo hoy lo vemos con movimiento, gracias a excelentes protagonistas y guionistas que saben que el mundo de la narración literaria no nació con el cine ni con la serie pero que en uno y en otro se resume toda la tradición de la literatura universal. Sin embargo es en la serie que nos deleitamos viendo en plena acción el hombre y la mujer que siempre han sido, que seguimos siendo. En el movimiento del cine constatamos la permanencia de la naturaleza humana, del bien y del mal. Verificamos que todo cambia y nada cambia. Los viejos podemos ver esa continuidad de géneros discursivos, los jóvenes a lo mejor no lo perciban en evolución, pero es la forma de leer que a ellos les llegó.


El cine es el mejor ejemplo de género histórico porque solo él consigue el movimiento del tiempo que los historiadores que nos expresamos con textos escritos no conseguimos. Y saben ¿por qué? Porque renunciamos a la historia como género literario, porque nos fuimos de ahí por voluntad propia, ni siquiera nos echaron, nos fuimos para la cacareada ciencia social, metimos a los estudiantes en el marco teórico que nadie terminó ni entendiendo ni aprendiendo, y dejamos de cultivar el ensayo, y convertimos a la historia en una entelequia que le amputó a la disciplina sus piernas y la condenó a valerse siempre de muletas, de la muletas ajenas que las otras ciencias a regañadientes y con desconfianza nos prestan. Es por ello que con tanto éxito las series suplen las otras formas de leer. Si no pregúntele a la gente qué ha leído en esta pavorosa cuarentena, y todos contestarán: Series, series, series. Y si no, qué esperan? la cuarentena no acaba!

Atentamente. Cesar Ayala

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