LA PORFÍA POLIFÓNICA

October 3, 2019

Esto de las series cinematográficas me recuerda mis años universitarios cuando una obra literaria del volumen de Los Miserables de Víctor Hugo me agarraba durante meses enteros. No parpadeaba. Así me llegó la obra de Benito Pérez Galdós y Emil Zola, la de Balzac. Tomo a tomo devoraba literatura como si el mundo se fuera a acabar. Todo porque contaba con todo el tiempo del mundo, y porque a la librería cubana de Moscú llegaban libros como arroz que se vendían a huevo. El estipendio mensual me bastaba no solo para comer sino para comprar libros y una botellita de armeniak que saboreaba despacito y en silencio.

 

Junto a mis largas jornadas de literatura recuerdo el pan negro versión Borodinó que se inventaron los rusos cuando Napoleón los invadió en los comienzos del siglo XIX. Allí donde transcurrieron los gloriosos episodios surgió el más maravilloso de los panes del mundo. Era barato como todo en ese país del socialismo que hubo. ¡Que más se le podía pedir a la vida: juventud, literatura, pan negro y una copita de armeniac y mucho cine!  Atravesábamos la ciudad entera para asistir a una película que proyectaban en una sala de cine marginal para ver cine exótico procedente de alguna remota cultura. Asistía regularmente a un teatro retro que había, ya no me acuerdo bien dónde, solo sé que me bajaba en la estación Pushkin, y caminaba luego tres o cinco cuadras, y me extasiaba con las películas de tiempos ya idos.

 

Estudiaba Historia pero amaba la literatura y desde entonces aprendí que lo único que resta de los procesos históricos es literatura. Literatura pura, como si la historia trabajara para ella. Todos los protagonistas: los de arriba y los de abajo terminan, después de todo, convertidos en personajes para la literatura. Deploro cualquier historia que no se deje literaturizar.

 

Y bueno, ahora con el paso y el peso de los años me encuentro con las benditas series de cine. El cine, el colmo de la literatura. ¡Qué tal que no lo hubiera! Esa manera de plasmar el tiempo en imágenes. Nada lo explica mejor que el cine. Más que de la novela polifónica sería mejor hablar del cine polifónico. La polifonía se percibe mejor en la densidad de grandes obras. Es lo que me ha pasado con The walking dead, una manera de llevar al cine una posible representación  del apocalipsis, del fin del mundo. Cada personaje es un personaje con criterio, autonomía, heroicidad, con voz propia, único y social, los buenos y los malos. Esos atributos de la novela polifónica que Mijail Bajtin advierte en la novela de Dostoievsky los advierto yo en esta larga y apasionante serie. Quien la ve va estableciendo un diálogo con los personajes que más le llegan, termina comprendiéndolos y padeciéndolos hasta verlos dramáticamente morir. Me encariñé mucho con Glenn, un joven coreano que despilfarra su vida en servicio a los demás, con Carol que pasó de ser una esposa convencionalmente maltratada a una heroína de primerísima importancia en el destino de los otros, de Carl un niño que entra a la adolescencia convertido en un buen y justificado criminal pero que no le alcanza la vida para verla renacer, y con Daril, un montarás hombre nacido en la barbarie osca del típico bandido gringo pero que la circunstancia termina volcándolo a potenciar su mundo bárbaro en pro de la sobrevivencia de su comunidad.

 

¡Vaya apuesta! No hay racismo y la valentía no es monopolio masculino. Todos son valientes los héteros y los homosexuales. En una representación del fin del mundo supuestamente civilizado,  pero  el mundo no se acaba, renace tal cual nació el mundo civilizado: en medio de la violencia. La  serie es un canto a las armas, al derecho de poseerlas y en la utilidad que prestan en semejante coyuntura. Quien tenga las armas sobrevive, pero sobrevive si aprende a defenderse y una forma para ello es aprenderlas a manejar. Sobrevive el más fuerte y la fortaleza muchos la van adquiriendo en el proceso final del apocalipsis. Sucesivamente emergen y sucumben seres para demostrar en qué consiste la naturaleza humana. El hombre en la frontera del bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre los muertos y los vivos. Los muertos reviven y atacan con fuerza y ferocidad, basta ser mordido por ellos para morir. La vida se torna en una doble lucha: contra los muertos revividos y contra los vivos para quienes el chivo expiatorio del peligro del muerto revivido no basta para dejar de ser lo que siempre fue: simplemente un hombre!

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