La Bogotá veloz

April 17, 2019

Hace tres días fui testigo en Bogotá de una historia absurda y cómica. A las 5:00 p. m. las nubes eran bogotanas, se parecían al estereotipo sobre la ciudad capital de Colombia. Pegadas de los cerros las carreras primera, segunda repletas de automóviles, motos, taxis; comenzaban a caer goteras gruesas, el horizonte era tenebroso. Entre las cuatro y media y las siete de la noche en La Candelaria habitualmente un fantasma con súplicas, y ¿será que sí? atraviesa las calles, debilita los nervios de los transeúntes que salen de universidades y negocios.

Un taxi puede que llegue o acaso no. Los buses rojos, a los que los publicistas de la Volvo les dieron un alias miserable: Transmilenio, ni arrancan, ni pasan, ni se mueven. Son lerdos. Pero si tienes paciencia, si te enreda la suerte, entre la cuarta y la quinta, a lo mejor aparezca un taxista o un bus con alias llega, que lo arrastre a su destino. Seré sincero, los taxistas en Bogotá ahora son más amables y se ponen del lado del pasajero. 

 

Pero en esta tarde que cuento, la del martes, todos los vehículos estaban paralizados, la gente adentro miraba a la nada de la calle, otros tenían una cara sin chance en la vida, los motores impotentes, incapaces de cualquier acción. Salía de una institución. Miré con esperanza. Soñaba con la suerte. -Bueno algún taxi habrá. Hice cuentas alegres, saqué la sombrilla. Las gotas de agua eran voluminosas y me corrían por las mejillas. 

Abrí la sombrilla. Caminé, di varios pasos, ahora llovía a mares, así que mejor con esperanza miré a los carros que iban por la estrecha calle colonial de la tercera. Como si hubiera empezado un colapso tecnológico, me sentí en la colonia de los virreyes: los transeúntes corrían, se apresuraban, caminaban veloces y las máquinas de metal, con faros y raros diseños estaban frente a los transeúntes, tenían ruedas pero no giraban, tenían motores pero sin fuerza, tenían electricidad inútil.

 

Y los taxis, era lo más increíble: iban vacíos a las 4 y 30 de la tarde. En el centro, nadie tomaba un taxi aunque había para todos. Yo ignorando lo que ocurría, caminé rápido pues los goterones eran de aguacero. Miré a un taxista, hice el gesto del usuario: dos dedos con la mano derecha indicando que me llevara. Me miró. El gesto desconsolado, aclaro el taxista no yo. Me pareció bastante raro. Nadie tomaba un taxi. Hice el mismo gesto de usuario a un segundo, al tercero. Fue inútil. Eran como taxistas fantasmas. Caminé tres cuadras. Todas las calles, las carreras, el centro paralizado. 

 

Debí caminar doce cuadras a la avenida 26 y encontrar un taxi. Se detuvo cuando extendí la mano. El taxista huía de la circunvalar bloqueada. En la colonia se iba muy rápido a pie. En la Bogotá de ahora con su chinche, y sus peñavolvos, es más rápido ir a pie o en bicicleta. Es la ciudad fantástica del siglo XXI donde la tecnología moderna del transporte es un engaño. Cualquier manifestación la inmoviliza, disminuye sus 15 kilómetros por hora. Así que estamos felices en la colonia.

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