Historia del café

March 11, 2019

¿Podría imaginar un mundo más remoto para un grano de café que una ciudad envuelta en neblinas, de techos repletos de nieve? Cada grano viviría una aventura desde montañas saturadas de sol, viajaría medio planeta hasta una ciudad de ventiscas heladas y una noche o una madrugada en pleno invierno verá desplegar su olor inasible, provocador, espeso; un chispazo estimulante en el cerebro.

 

Si las laderas de cafetos no existieran el hemisferio norte sería una taza más de melancolía. Llegar a la ciudad de las cúpulas cubiertas con oro, a la ciudad donde en cada esquina hay una columna de granito labrada con trazos cirílicos, y sumergirse en el trepidante corre-corre para subirse a un vagón del metro que debajo de la tierra me llevaba hasta el edificio donde un poeta venido de otra parte del mundo, había escrito un libro suyo de poesía en español.

 

Estaba en la calle Zoológico, camino por el metro Barrricada, me llamo Rubén, hace 10 grados bajo cero y todo está en alfabeto cirílico. La nieve helada chirriaba bajo las botas. Fantasié con la fábula imposible de los granos de café que abandonan su mundo soleado, sus tierras tibias en la noche y como gemas de color ágata tostada, uno tras otro, cada grano viaja hasta la urbe de las cúpulas bizantinas para poner en cada taza un perfume de color tiniebla brillante que lo deja a uno listo para sobrevivir las heladas de Moscú.

 

Era una fantasía mientras, para sobrevivir a la madrugada. - Ahora llego y no habrá café de verdad sino esa espantosa mezcla de cafés verdes que los tostadores convierten en un acre sabor para simular el estímulo que da el café a las neuronas. Iba un poco delirante con el café, me acordé de Balzac, el novelista que se bebió cientos de tazas de café para alcanzar el estado absoluto de creación. - En esta ciudad no existe el café. No puedo pedirle granos de cafeína a los abedules. Me reproché. -La buena suerte no la da que encuentres granos de café en el hemisferio boreal. Mi otro yo replicó: -No la trae y te hará menos feliz que en la tierra de las nieves no haya café.

 

Iba a visitar a mi amigo el poeta Abel Murcia aprovechando que yo estaba esta semana de paso en Moscú. Sabía que tendría su hospitalidad, sabía que nos íbamos a acordar de Bogotá. Iríamos a hablar en idioma español, una lengua de minorías en Moscú, sino fuera por el Instituto Cervantes. Pero tenía conciencia, Abel vive en Moscú donde la cafeína es una ilusión. Apenas si tenía alientos para cargar mis maletas. Llevaba veinte horas de vuelo. 

 

Toqué el timbre y el poeta Abel Murcia abrió la puerta. Entré al pasillo de blancos estantes con sus libros, álbumes de España, textos en polaco, su poemario trashumante. Escuché. Oí un ruido de trituración seco. Me senté a la mesa. Un olor inconfundible, indefinible saturó el espacio. – Es café de Pijao, polé polé que en lengua suahili, significa paso a paso, dijo Abel. Y escribo en Moscú esta historia junto a una taza de café de Pijao.

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