Códigos literarios de aquí y de allá

February 18, 2019

¿Cómo narrar una región en el territorio imaginario de la literatura? La pregunta no es para nada especulativa. Desde tiempos cuando la escritura no existía, cuando la narración oral suspendía la atención de niños, jóvenes, viejos, mujeres, hombres, soldados, eunucos y pícaros, había señuelos, trampas de la fantasía para cautivar la imaginación. Algunas veces eran animales del diario vivir que por un gusto por lo sobrenatural o fuera de lo común, aparecían en las noches de los relatos, impresionando, haciendo ver lo real con nueva dimensión.

 

Hay un pescado en una ciudad junto a un río de las Mil y una noches que se vuelve una fuente de luz pues al abrirlo la mujer del pescador que lo trajo del río, al rajarlo con el cuchillo para freírlo, descubre un diamante de brillo de cometa galáctica. Dicen que un ser mitad dragón mitad serpiente perseguía a los viajeros en los caminos de Anatolia. El monstruo hizo la gloria del guerrero que lo atravesó con su lanza.

 

En relatos poéticos hay pájaros que hablan y cuentan lo que está vedado contar a los humanos. Una tortuga en las creencias del indostán, y en la cual creen los nepaleses de dicha confesión, sostiene al mundo. Un capitán en el siglo XIX, que hacía viajes por el Atlántico desde las remotas costas del norte de América, comandando una nave ballenera, sin contar, sin anunciar, emprende un viaje cuyo propósito ignora la tripulación de fogueados e ingenuos marineros, para cazar una ballena blanca, enorme, vengativa, fantástica.

 

Esa es la historia de Moby Dick, la gran ballena blanca. ¿Quién ignora el asno sobre el que llegó Jesús a Jerusalem? En los relatos, en la escritura novelada, en la poesía siempre hay extraordinarias fieras, inverosímiles bestias o insectos repugnantes como el de la Metamorfosis. En Colombia nunca hemos pensado que el territorio de imaginación que es nuestra geografía tiene también extraordinarias fieras, casi transparentes que producen un horror tangible o belleza de otra dimensión.

 

Colombia es una tierra de lepidópteros, de quimeras aladas. Y llegaron también a la literatura para fundar a nuestro país como un territorio que se adentra más allá de las puertas de lo real tangible. Ahí están las mariposas.

 

En la provincia de Colombia desbordante de mundos, aparecen seres que la ecología de los trópicos ha puesto por todos lados, desde la madrugada, en la tiniebla de los volcanes no activos, en las feroces tierras de las selvas. 

 

Grandes alas bermellón con hilaturas que bordean sus elitros con hilos amarillos, en polvillo casi de oro fundido. O las que aletean en las podredumbres de los potreros captando agua. O las azules como gemas de exquisito vidrio veneciano, pero que son de Colombia, es la morphazul. Tan denso su color que Eustasio Rivera, el primero que narró la sorpresa de una mariposa azul, escribió: “quedó revolando entre la caverna una mariposa de alas azules, inmensa y luminosa como un arcángel que es la visión final de los que mueren de fiebres en estas zonas”.

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