Insólitos pájaros al sur

February 2, 2019

Aquí las historias de horror arrancaban con el abuso en el empleo de un nombre: pajaro. Nada más infame contra los pájaros que nombrar así a un asesino. Esta designación falsa para un referente que no tiene nada que ver con el término pájaro, es buen ejemplo para ilustrar las falsificaciones, simulacros, sofismas, eufemismos y acomodado desplazamiento de los usos del idioma español en Colombia para tapar realidades sociales.

 

Un pájaro es un ave que tiene plumas y pico escarlata con patas amarillas. Un homicida tiene las manos untadas de sangre. No es un pájaro. Me impresiona el procedimiento de convertir una realidad de gran belleza y elegantes posibilidades para el pensamiento y la contemplación: los pájaros de Colombia, en un alias de evocaciones siniestras. Otra cosa son los pájaros, las aves, el mundo ornitológico del trópico colombiano.

 

La totalidad de los pueblos nuestros tienen cinturones imaginarios: la franja cercana la localidad, los retazos de monte que ingresan al borde de los pueblos, el horizonte sobre los techos de las casas, la línea divisoria creada por diferentes especies de pájaros entre las últimas calles en el límite donde comienza la zona rural. 

 

Este espacio de transición de plumajes en semicírculos que atraviesan el mundo encima de los techos; la franja que une al mundo urbano con el rural rebosa de seres alados, inquietantes por su estructura perfecta de cromatismo e ingeniería ósea para el vuelo. Cuando José Eustasio Rivera narra el adiós de Arturo Cova a su mundo en las ciudades, una de las primeras rarezas visuales antes de la vorágine, es la parafernalia fabulosa de los pájaros: mundo babélico de zancudos y palmípedas, desde la corocora lacre que humillaría al ibis egipcio, hasta la azul cerceta.

 

La tierra de los pájaros del Casanare, viniendo de Bogotá como he contado en anteriores crónicas, te desconcierta con el esplendor del universo ornitológico en sus estampidas silenciosas de vuelos cortando el aire: escarlata en las alas y el pico, amarillo maduro que deja una mancha dorada en la retina. Uno tras otro ocupando un orden dictado por el instinto, llegan a tiempo y en un turno de reloj de precisión, los pájaros más inverosímiles de la Tierra.

 

Silban con un largo sonido que se confunde con el viento seco y ardiente de las llanuras. Son las doce del mediodía y el mundo brilla como si lo cubriera un espejismo de luz. En orden de acróbatas del aire, tres loros negros se recortan sobre la luz incandescente y se detienen en el follaje, ellos son los tres negros heraldos del destino.

 

A la una de la tarde todos hemos sucumbido por el calor abrasador, el ganado espanta el sueño y los mosquitos, la muerte parece una ilusión. Es la hora del dominio de los pájaros de alas prodigiosas, máquinas perfectas de vuelo que con precisión aerodinámica se dejan llevar por las corrientes de aire. Los pájaros inéditos de Colombia son parte de nuestros pliegues oníricos más profundos.

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