Huevos de tortuga

November 10, 2018

El calor era suficiente para derretir un huevo. Pasaban pájaros que volaban haciendo un gran esfuerzo con las alas para cortar el aire seco. Si mirabas por el espejo retrovisor del vehículo en la calima reflejada en el azogue fantástico un burro llevaba a cuestas una hierática anciana de rostro apergaminado y untado de aceite. La llanura se extendía sin saberse si tenía límite en la línea incierta entre el azul del cielo y la seca tierra confundiéndose con ella. Los arbustos sostenían como a espejismos a pájaros que parecían escaparse de la línea remota donde el azul se tragaba la llanura.

La gasolina del motor, el viento irremediable del desierto y el calor opresivo ahogaban la conciencia. —¿Dónde está Musiche?, preguntó el conductor que frenó el campero cuando la reina del burro se agrandó en el espejo retrovisor y apareció de cuerpo entero junto a la ventanilla. Las arrugas en su rostro parecían una caligrafía que revelaba las huellas de la vida en el desierto, iba en su burro, envuelta en una manta más azul que el cobalto del horizonte.

 

 Tenía aire de una nigromántica. Eran poderosos sus ojos negros, de cristal. —Por este camino se va lejos si se quiere llegar. Y no dijo más. Sin darnos cuenta en un par de minutos se confundió en la línea del horizonte.

 

Rafael el conductor se quedó pensando – Entiendo que por aquí se puede ir hasta Pájaro pero no estoy seguro. Íbamos tres personas en el campero mi amigo Vladimir, Rafael el conductor y yo. Vladimir venía de Manizales y yo recién llegado de Bogotá. Rafael encendió el motor del vehículo, un remezón sobre los baches del camino nos transmitió un tris de esperanza, llevábamos horas debajo del azul inclemente.

 

 Pasó una camioneta que hacía tanto ruido como un tren, tres caminantes que ni miraron ni hablaron, pasó una avioneta sospechosa, a ras de la llanura. Quedaban dos botellas de agua. Sin saber cuántas horas más deberíamos seguir en el camino, yo pensaba en cuánta agua nos quedaba para repartir. Tenía la garganta seca y sudaba copiosamente. Un aviso en un poste de luz decrépito, apareció a un lado del camino:

Pájaro está aquí.

 

Los ranchos estaban pegadas al suelo, resistiendo el viento, al calor. Salió un anciano de un rancho. Vladimir preguntó. Hay que viajar todavía media hora más, le dijo. Estábamos buscando las playas de Mayapó de las que hablaba todo el mundo en Riohacha. Eran las cuatro de la tarde. En El Pájaro la cerveza era caliente pues estaban sin energía. ¿No tomar nada o tomar cerveza tibia?

 

 El campero siguió atascándose y enfrentándose a los baches hasta que comenzó a sentirse cierto aire, un olor fresco y salado, y los pájaros flotaban. Vimos Una caseta con el aviso- se vende cerveza fría. El dueño del kiosko ofreció cerveza helada y huevos de tortuga. Dijo Vladimir, tan educado —Las tortugas se están acabando. El hombre lo oyó, lo evaluó y dijo —Hay más tortugas que cachacos. Al fondo la playa de Mayapó blanca como un espejismo y el mar olía a podredumbre .

 

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