Recuerdos del corazón

October 26, 2018

Fue hace un par de años y la historia se me viene a la memoria; acaso esta luz del trópico licuada en calor, en este remoto pueblo de la selva del Putumayo, me provocó la nostalgia del clima de aquel lugar donde viví el episodio.

 

Incrustada entre riscos y callejuelas que trepan por faldas de colinas, la ciudad se abre a un cañón y se desploma visualmente sobre el río que atraviesa a Tbilis. Era una noche de las primeras de la primavera y la luz tenía nitidez de otra época. En la callecita una piedra con aire de monumento neolítico daba sitio al hombre que leía un libro de poesía. Por la otra pasaban gatos de mala muerte sobre los adoquines gastados y de un balcón colgaba un aviso mostrando un corset que anunciaba la peluquería.

 

Entré con Lola al edificio, y parecía que se había trasladado el enorme volumen de la piedra neolítica a las salas: un lienzo con luz de yema pálida exhibía a varios hombres sentados en una mesa: barbas largas, ropajes negros con correas cruzadas sobre el pecho y sobre la mesa un lechón apetitoso.

 

Pelaba el hocico risueño y las entrañas de viandas redobadas en azafrán. Un hombre salía del centro de la mesa con fondo de luna de otra galaxia y con aire de soberano levantaba un cuerno repleto de vino. El lechón ya no era feliz, su negra suerte se reflejaba en los filos de chuchillos y tenedores de los comensales. 

 

La luna se colaba por los ventanales y convertía la galería en raro paisaje lunar donde los bebedores vitales, la doncella de blanco en la textura horizontal de un lienzo, creaban la sensación de que uno estaba en un sueño de Pirosmani, el pintor que Tbilis vió los primeros años del siglo XX con sus óleos, sus pinceles y su silencio entrando y saliendo a las tabernas de la capital en el Cáucaso menor y el Cáucaso mayor donde está Tbilis.

 

No nos despertábamos del mundo de Pirosmani cuando Maia nuestra amiga dijo,- llegamos, y vimos con Lolita la taberna de vinos más vieja de Tbilis. Las paredes repletas de vinos en los anaqueles del suelo al cielo raso y cada uno con botellas sobrevivientes de 1910, 1930, 1900; había una de vino Saperavi de 1920, que resplandecía en su soledad. La cosecha entonces casi se pierde, los bolcheviques y la furia de los paracos paralizaron el campo. De aquel Saperavi incandescente y rojo que costaba lo que un apartamento de 100 metros cuadrados quedaron unas pocas botellas.

 

La otra pared de la prodigiosa cava en forma de biblioteca donde en vez de libros había vinos, guardaba la solitaria cosecha de 1958: Tibaani, del mismo color de la luna del pintor. Un anciano me preguntó- ¿cuál es su país de origen? -Colombia. -Ah Colombia, mi abuelo se marchó en la guerra y el telegrama que recibió mi abuela, tenía un sello de allá. Lo guarda desde 1920. Nunca volvió y ustedes son las primeras personas de Colombia que conozco. Trajo la botella de Tibaani, la descorchó- Por Colombia. En el remoto Cáucaso, Colombia era un recuerdo del corazón.

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