Me dice si adivina

September 1, 2018

La imaginación de quienes vivimos ya sea en Bogotá o en Armenia está influida por dos temas de conversación. Se les nombra indirectamente, con humor, sarcásticamente, con indignación. Llevo años entre este disgusto, impotencia, anhelo o simplemente descontento. Y con cada mes el fastidio es parte del malestar. Hay como una imposibilidad inexplicable o una lóbrega conspiración. ¿Pero si la gente lo necesita por qué no se hace?, ¿si las sumas de dinero que se invierten son colosales por qué el resultado es un desastre?.

Cada hora de la mañana y de la tarde el asunto es una pesadilla sin retrato. En esta manipulación de cálculos, inversiones y planes que fracasan, en esta barahunda miserable de explicaciones que no aciertan a satisfacer la pregunta ¿Por qué no se hace?, el anónimo y aplastado ciudadano se refugia en sus palabras que nadie escucha. 

En Bogotá, el gran fracaso empezó al comenzar el siglo. Se han venido a pique planes faraónicos, simulados como grandes metas en las imágenes de fotografía. Pero la realidad tiene su lado oscuro y tenebroso. Pasaron 18 años y la tenaz Bogotá aguanta sin fin el escalofriante engaño, la aparatosa simulación. 

En Armenia pasa igual. Tenía 12 años cuando empezaron a hablar del tema. Llegué a los 25, pasaron los 30 años, crucé el dintel de los 42 y ahí sigue, sin cambiar, en planes, proyectos y cifras fantásticas pues cada mes se esfuman por esa línea sin fondo dos mil millones de pesos. Ahora me atrevo a mencionar el asunto, con cautela, con cierto escalofrío, con pinzas de cirujano. Seguro ya adivinaron qué es.

Es el túnel de La Línea y el Transmilenio. Con el dinero del presupuesto de la ciudad de Bogotá, cerca del 70 por ciento de los ingresos de la capital provenientes de impuestos a los ciudadanos se van para los buses pintados de rojo con ventosas para pegar dos entre sí, y que los publicistas denominaron metafísicamente Transmilenio. 

De 20,9 billones de pesos para el presupuesto actual de Bogotá, 13,5 billones se los chupan los buses rojos de las ventosas verdes y solo 7,4 se van para programas de educación y salud. Todo se va en un hueco o en un túnel sin fondo. Cualquier turista que visite a Bogotá podrá ver las puertas en ruinas, los puentes de latas que chirrían, arrumes gigantescos de latas para puentes con formas de monstruosos cienpies de color gris.

Los usuarios saltan por entre la avenida y se cuelan sin pagar en las estaciones. Mientras la administración pasa videos, fotografías y avisos publicitarios por todo el sistema de información de la ciudad repitiendo que es una maravilla lo que para los ciudadanos es una pesadilla. Transmilenio con su voracidad de presupuesto se parece al túnel sin fondo de La Línea.

La administración bogotana en sus aspavientos publicitarios dice que los buses rojos del ‘transmilleno’ tendrán asientos como en los metros. Los buses que se aprestan a adquirir emiten gases, que según la organización mundial de la salud, son cancerígenos. Y así vivimos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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