CONSIDERACIONES SOBRE LO QUE ESTÁ EN JUEGO EN LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL 2018

Historiador y analista de medios de comunicación. Director Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales IEPRI Universidad Nacional de Colombia [1]

 

Voté por Sergio Fajardo en la primera vuelta porque a pesar de su desempeño desigual durante la campaña y su ausencia de liderazgo en muchos temas políticos cruciales para el futuro país, creo en el valor de la educación, la ciencia y la cultura para la recomposición democrática, pacífica y ética de Colombia. Voté en la consulta liberal por Humberto de la Calle, por su valiosa gestión como negociador de paz con las FARC y por mi aprecio por valores liberales centrales para la vida y la institucionalidad democrática que él representa, como la tolerancia y el Estado de Derecho.

 

Significación y ambigüedades del resultado electoral de Fajardo

 

No obstante no pasar a la segunda vuelta, resultan muy importantes los 4.600.000 votos de Fajardo para fortalecer a mediano y largo plazo una tendencia de centro en la política colombiana, como también desconcertantes sus declaraciones a Yamid Amat en el noticiero CM&, afirmando que no volverá a ser candidato y que su aspiración es ser rector de alguna universidad. Era de esperar mayor visión política y más consideración hacia sus electores.

 

De todas formas, el país necesita esa opción de centro, con capacidad de promover la acción colectiva en la sociedad, las instituciones y el gobierno. La defensa del proceso de paz con las FARC y las banderas anticorrupción de la Coalición Colombia resultan también estratégicas en la reconstrucción meritocrática de nuestras instituciones. Son importantes también la cultura ciudadana de Mockus, su lema futurista “La vida es sagrada”, pero preocupan tanto en él como en Fajardo su poca claridad frente a las políticas neoliberales.

 

Los riesgos del petrismo

 

Voté también por Fajardo por mis distancias frente al caudillismo personalista de Petro, su arrogancia intelectual (convierte las entrevistas en monólogos profesorales), su dificultad para construir equipos de trabajo, y su capacidad inaudita de casar peleas innecesarias y políticamente poco estratégicas, a través de declaraciones impertinentes sobre los banqueros, los militares, los empresarios cañeros, etc., que terminan generando comprensibles temores de parte de esos grupos sociales. No sobra en este punto recordar, la posible pertinencia para una sociedad tan conservadora como la colombiana, de la afirmación de un profesor brasileño que en un curso de cultura política brasileña nos dijera que “para llegar a ser presidente Lula da Silva tuvo que transformar su imagen personal de un sindicalista agresivo a la de un político de izquierda confiable”.

 

Pero tal vez lo más preocupante de Petro es su discurso polarizador, anclado en la contraposición típica del populismo entre “pueblo” y “oligarquía”. Si bien, frente a las visiones dominantes en el periodismo colombiano, habría que considerar que el populismo fue clave en la incorporación simbólica de los sectores populares al esquema de poder, y en la experiencia del peronismo en Argentina (1946-55) fue fundamental en la dignificación y elevación del nivel de vida de los trabajadores, ese discurso puede generar hoy en Colombia efectos inconvenientes de polarización política.

 

Pese a no haber vivido un populismo triunfante y sí una profunda frustración populista por el asesinato de Gaitán en 1948 y el fraude electoral contra Rojas Pinilla el 19 de abril de 1970 que impuso a Misael Pastrana como presidente; y no obstante la permanencia de rasgos oligárquicos en el sistema político colombiano, invocar esa confrontación “pueblo vs oligarquía” resulta anacrónico e inconveniente. Como lo ha subrayado Francisco Leal, el poder oligárquico terminó en Colombia cuando dejó de funcionar la “fila india” al ser promovido al poder en 1990, en virtud del asesinato de Luis Carlos Galán, un político advenedizo de provincia como César Gaviria. Podríamos agregar que la dominación oligárquica fue también erosionada parcialmente de los años 1980 a hoy, por el ascenso social de los narcos y por la promoción de políticos narcotraficantes o aliados a ellos. Y ni qué decir del papel jugado en esa erosión de la oligarquía, por la parapolítica de los 90 y comienzos del siglo XXI, seguramente no el mejor relevo de esa dominación oligárquica.

 

El discurso confrontacional “pueblo” vs “oligarquía” es inconveniente, no solo por el daño que puede hacer en una sociedad como la colombiana atravesada en todas sus vertientes ideológicas por la violencia y el espíritu de cruzada; también porque saliendo de la polarización uribismo-santismo no nos podemos sumergir en nuevas polarizaciones que casi siempre le impiden a las sociedades pensar, con equilibrio y tino, sus verdaderos intereses, necesidades y rumbos. La reciente experiencia política argentina bajo Cristina Kirchner ha mostrado los problemas de esos populismos polarizadores, las corruptelas que se incuban y se esconden en medio de la confrontación obnubilante entre “buenos” y “malos”. Lo que necesita Colombia en este momento es salir del modelo amigo-enemigo en que nos metió inicialmente el presidente Uribe, y después el mismo ex presidente y senador Uribe y el presidente Santos.

 

La significación del avance electoral de la “Colombia Humana”

 

Gustavo Petro ha demostrado ser un auténtico fenómeno electoral y de masas. Los 4.851.000 votos obtenidos por su movimiento son la votación histórica más alta que ha obtenido la izquierda en Colombia. Pero al decir izquierda, surgen inevitablemente las dudas, pues a la Colombia Humana se han vinculado muchos jóvenes y estudiantes descontentos con la corrupción y el manejo tradicional de la política, que carecen de una formación política y que a futuro, si no hay un trabajo de educación y organización, van a terminar en otras toldas políticas o en la masa indiferente y apolítica. Leer más

 

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