Recuerdo de Erik María Remark

Hay libros que tienen palabras brillantes, narrados con virtuosismo de quien interpreta un ejercicio musical y que dejan una estela . Pero se desvanecen, se olvidan. Pasan los años y de pronto uno se acuerda de una palabra que te impresionó pero aquel libro quedó náufrago de nombre en la memoria.

 

Hay libros que se leen porque te los recomendaron y todos los leen. Son libros para adherir a la manada de tus contemporáneos. 

 

Los libros existen de muchas maneras. Los del programa escolar, los que uno hereda que se quedan en el baúl del olvido. Los libros para recorrer ciudades. Un amigo mío compró uno que lo haría rico y terminó con deudas de diez años. Hay libros de pasta dura y libros de sustancia humana que te persiguen como un delirio. Los hay para sobrevivir a la soledad. Y existen los que tienen la piel, los huesos, el hastío y la belleza o la existencia desafiante de la vida.

 

No puedo imaginar la existencia fugaz sin la estructura inolvidable de un libro. Finalmente somos palabras, estamos hechos de la existencia que quede de nosotros en un relato. Hoy se me vino a la memoria el nombre del gran novelista Erik María Remark. Imagine tres o cuatro calles de una gran ciudad. Un hombre sin papeles. Un médico que tiene manos como de mago cirujano y que huye de su país infestado de sicarios con derecho a la verdad de lo que se debe decir, hacer y pensar.

 

Un hombre que ha dejado todo lo que es, su diploma de médico, su arraigo entre el círculo de sus amigos. Solo tiene su destreza para aliviar el dolor y abrir vientres, cortar pliegues de grasa, músculos y tendones, que tiene tratos con cuerpos consumidos por gangrenas silenciosas e invisibles. 

 

En esa ciudad a punto de sucumbir ante las tropas de un poder sigiloso, brutal, metódico y sangriento, nuestro hombre que atraviesa un arco del triunfo que se cierne sobre la ciudad nocturna y envuelta en lluvias, como el presagio de la derrota; este hombre es un fantasma que se esconde para no caer en manos de sus perseguidores o de las autoridades de inmigración que expulsan a los refugiados e ilegales venidos de la frontera. 

 

El libro es El arco del triunfo, una gran novela del siglo XX. ¿Cómo se puede clasificar? No hay un lenguaje tan desolado, ni frases sobre el amor y el desasosiego tan trasuntas de humanidad. Y los símbolos concretos como el Calvados, bebido en madrugadas de encuentro y desencuentro, en el umbral de diálogos impecables, implacables, de palabras que no son signos sino existencia despojada de convenciones.

 

Transcurren esos diálogos en hoteles desconocidos, con lámparas despiadadas sobre los rostros en la madrugada: un médico solitario, sin papeles y una actriz cuyo amor se debate entre el abismo de sus obsesiones por dos hombres. Ella hermosa, rebelde, implacable que se entrega llena de dudas, mientras la ciudad va hacia un destino de derrota y muerte. Y el médico se consume en la furia de la poesía, la huida el amor y las palabras vertiginosas e inolvidables.

 

Tomado de Crónica del Quindío

 

Rubén Darío Flórez

 

 

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