No tan buenos presagios

October 27, 2017

Entrega de la novela escrita por Rubén Darío Flórez

 

"El acónito provoca la parálisis del corazón como si se tratara de un bloqueo cardíaco."

 

En el recuerdo era uno de los escasos días de noviembre y el sol deslumbraba en Pula. La enorme ventana que daba a las calles del centro mostraba casi en la palma de la mano  la  ciudad ceñida por el mar,  al  viejo mosaico de edificios bizantinos, venecianos, romanos, latinos, las ventanas desteñidas como un pergamino, con postigos entreabiertos que ocultaban sus apuros cotidianos. La línea ascética y pétrea del monasterio de San Francisco de Asís, flotaba sobre la calle.

Más lejos se distinguía una  entrada al mar y el jardín de los nombres de  jóvenes caídos en la guerra de 1991. Pula era trasparente en su verano efímero.  A la una del mediodía Luciana Espejo estaba en el baño. Se fue quitando cada una de sus prendas. Fueron quedando sobre el piso de piedra de trilobites y moluscos incrustados, las bragas, el sostén, la pijama. Bajo el resplandeciente caudal de agua Luciana Espejo quedó desnuda.

 

El vaho de los vapores de agua dibujaba los senos anchos, los pezones  erguidos y malvas. La densa cabellera húmeda le cubría los hombros suavemente convexos como frutas del trópico. Por su sexo oscuro resbalaba el agua. Luciana Espejo estaba sumergida en la acuosidad húmeda y tibia del momento lustral que ponía un resplandor en su cuerpo de músculos firmes, en la espalda de sinuosidad provocadora, en las formas magníficas de sus nalgas.

 

Sonó el timbre de la puerta. Luciana se vistió en un santiamén. Se recogió en la nuca la cabellera mojada. Otra vez volvió el dolor visceral de lo ocurrido. Había decidido que por nada del mundo diría que Arturo había sido envenenado. A los ojos de un puñado de sus conocidos, eran una pareja de extranjeros que vivía en Pula atraídos por la ciudad entre dos mundos, en el extremo de los Balcanes. Tenían su tienda de manuscritos en este sitio lleno de  antigüedades y hermosas esquinas . –Ahora estoy en manos de un traductor del que sólo tengo vagas referencias. Arturo no se sentía  bien del corazón. El acónito provoca la parálisis del corazón como si se tratara de un bloqueo cardíaco. ¿Qué puedo decir? ¿Que estoy atrapada entre una moneda sin descifrar y la expectativa de que un traductor confirme una conjetura sobre la moneda que está en unos papeles viejos? ¿Y que alguien de quien no tengo ninguna evidencia persigue esa información?. Abrió la puerta. Aparecieron dos enfermeros de un hospital de la ciudad. -Venimos por el cadáver. Los acompañaba un médico que le hizo preguntas de rigor luego de examinar el cadáver tendido en la cama. – ¿Cómo murió?. – Sufría del corazón. Le pasó un cuestionario que Lucía llenó y firmó. El equipo médico subió el cadáver a la ambulancia. Lucía Espejo parecía desencajada a la luz despiadada del mediodía.

 

Sonó el timbre. Era la 1 y 45 de la tarde. Abrió la puerta. Un hombre de frente dilatada, con  ojos grandes encajados debajo de las cejas ásperas, dijo – Conocí a Borges. Soy Dmitrii Obskurov y debo entregarle esto. Aquí está la piel convertida en manuscrito de Hermes. 

 

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