¡San Petersburgo!

October 18, 2017

¡Ay, esta Rusia por los siglos de los siglos! Tantas zancadas, tanta gloria, tanto oprobio. Originalidad mixturada con incesante imitación. Movilizaciones y guerras, déspotas, poetas, escritores, artistas, científicos y gente buena por montones. ¡Ay, los rusos: exagerados, anarquistas, intensos, inmensos, pragmáticos, utópicos, audaces! De bandazo en bandazo dejan mudo a todo el mundo. Ahí están como si nada, sin percatarse todavía, 26 años después, de haber echado agua abajo la revolución más justiciera que la humanidad jamás soñó, o que siempre soñó. Estudiándola en encontré en Rusia todos los siglos de la historia y me encontré con personajes que de no haber estado allí nunca hubiera conocido: Pushkin, Lermantov, Iecenin, Gogol, Nikrasov, Chejov, Kutúsov, Alexander Nievski, Iván, el terrible o Pedro, el grande.

 

Estar de nuevo en San Petersburgo me trae recuerdos, los de la primera vez que estuve de la mano de Armando Gómez Ortiz, el amigo godo - anarquista que soportó años de propaganda comunista para convertirse en el hombre culto que fue; el mismo que me contagió de literatura y música clásica. Andábamos por la ciudad en un verano de los años de 1970 buscando en la sordidez de sus metederos el Piter que narran sus escritores. Esperábamos encontrarnos con gente como Raskólnikov o con alguno de los hermanos Karamázov,  o con la gente descrita por Gogol, y de hecho los encontramos en las calles todavía misteriosas. Hoy, en cambio, ya no es posible encontrar gente así. Nos metíamos por callejones sin salida hasta encontrar la casa de Dostoievski y constatar que estaban allí sus escritorios y que vivía continuo a una Iglesia: la de la virgen de Vladímir. Conversábamos con gente sencillísima como los soviéticos educados para la solidaridad y la austeridad, y terminábamos de vodka en la alcoba de un hotel administrado por ancianas que creíamos eran de las mismas que Raskólnikov había asesinado.

 

La segunda vez que estuve fue con el entrañable Germán Cortina, catagenero, genetista y uniandino que ya sabía que la URSS iba a desaparecer, por lo menos era ese su mejor deseo. Y se le cumplió.  Ya no están en este mundo ni Armando ni Germán, godos ingratos! Solo yo que he resucitado puedo evocar estas historias. Llegamos en las noches blancas de 1986. Conseguimos dormidero a las afueras de la ciudad sin percatarnos que mientras caminábamos, a la media  noche, los puentes sobre el río Neva se habían abierto para que pasaran barcos en una y otra dirección.  Tan solo supimos que volvían a cerrarse a las seis de la mañana. No tuvimos más opción que pasar la noche en las faldas de Catalina la grande, un monumento de toda la vida erigido a esa señora gorda en compañía de sus amantes, Francisco Miranda entre otros.

 

Y en esta nueva era rusa he visitado la ciudad dos veces. Creo que el fantasma de la comparación no me deja comprenderla. No consigo exorcizar el hechizo del comunismo, no reprimo el deseo de afirmar que todo era mejor pero tampoco me sustraigo del deseo de aprender a vivirla según el mundo que su gente ha escogido para que la vida continúe. Al fin y al cabo fue tan solo un periodo histórico y estos pasan. Los países se acaban, por ejemplo hubo uno que se llamó la Gran Colombia que dejó de existir, y así cientos de casos en la historia de la humanidad.

 

Y ahí están los nuevos petersburgueses, rusos esbeltos, blancos y delgados, como si no hubiera pasado nada. Pensar que fueron 74 años de penurias y felicidades, de pedalearle a la igualdad, a la justicia, a otra manera de vivir jamás vista. Vencieron todos los obstáculos, el analfabetismo y el subdesarrollo; desarrollaron industria y ciencia propias, crearon un país inédito conformado por 15 repúblicas multirraciales tan distintas como variopintas. Salvaron al mundo del fascismo aunque les tocara sufrir en carne propia las atrocidades del stalinismo. Educaron a miles de estudiantes de Asia, África y América latina y su justicia social se reflejó en los avances dondequiera que se estableciera el estado de bienestar.

 

Helos ahí: los mayores de la nueva Rusia ya tienen 26 años. El capitalismo, por curioso que parezca acabó con la gente gorda y con la gente de cuerpo forjado para la guerra y la fuerza. Acabó también con el borracho callejero, aunque todavía fuman como chimbilacos. Andan vestidos como quisieron vestirse sus padres: a la última moda europea, todos peluquiaditos como estrellas de fútbol ellos o como artistas ellas, pelipintadas y pelipintados, tatuados, de pantalones rotos en la rodilla, embluyinados, con zapatos de marca, calzoncillos con marca a la vista, celulares de marca; todo, absolutamente todo más occidentalizado que occidente mismo.

 

Es un capitalismo feo. Les tocó plegarse a la cola del más degenerado, el de la globalización neoliberal. A todo le sacan ganancia, ganancia parasitaria por lo regular. Todo lo cobran, hasta por un cucurucho de azúcar  que desees más allá de lo reglamentado. Incluso pesan los ingredientes acompañantes de las comidas. Dejaron el te de hoja que depositaban  en teteras hasta conseguir extraerle su esencia y optaron por las bolsitas. El pan negro ni negro es, sino de un negro blanqueado. Todo es caro, abruptamente caro, como si estuvieran recuperando el costo de siete décadas de socialismo, como si estuvieran poniéndose al día a los coñazos.

 

Helos ahí: suaves y tranquilos; más ellas que ellos, suavecitas, hacendosas, dispuestas a ayudar y a conversar. Ellos: distantes y huraños y altivos. Todos a una dicen respetar a Putin y a Lavrov, aquel con aura imperial y éste con elegancia diplomática pero más firme que un viejo bolchevique. Su presencia en el poder tranquiliza a todos los rusos, a los de arriba y a los de abajo. En ellos han depositado toda la fuerza de sus esperanzas en la tierra. De lo demás se encarga la iglesia ortodoxa que es el otro poder reinante y campante.

 

San Petersburgo es una ciudad de porcelana. Tiene buen transporte, está llena de comedores semi-populares y restaurantes sofisticados; repleta de negocios de comida, de joyas, de tecnología, de suvenires. Nada hay popular, ni plazas de mercado ni mercados abiertamente populares. No existe el regateo, todos los precios son fijos. Con los días empiezan los limosneros a mostrarse, pero poquísimos. Es una ciudad segura como si no hubiera ladrones o malandros. Es limpia, fría, amarilla y tremendamente lluviosa en otoño, con muchas cafeterías por todo lado, ya no hay sitios para tomar el te aunque sí para comprar de todas las variedades, todo el prestigio se lo lleva el café. Una señora con la que me cruzo todos los días saca a un perro viejo que a duras penas puede caminar y asisto a un seminario sobre América latina cuando en realidad lo que me atrae es la historia rusa. Me fastidia la televisión pésimamente imitada de occidente, pero advierto que existe un canal ruso de historia y no vuelvo a sapear.

 

Cada día recupero la lengua. Mi ruso es muy sólido. A mi mismo me aterra, recupero velocidad y me emociona escuchar las expresiones que había olvidado. A la gente le agrada escucharme hablar. El agente de inmigración se sorprende que le hable de tu a tu y me felicita, que dónde he aprendido a hablar así, me pregunta. Las mujeres que atienden los negocios se alegran porque les economizo hablar en inglés. Se ríen de mis ocurrencias y les mamo gallo y les saco sonrisas. En una exposición de carteles dedicados a la revolución rusa me quejo del precio y les digo que soy pobre y que vivo lejos, se apiadan y me dejan pasar sin cobrarme, aunque a la salida les compré un libro caro.

 

Ya no hay cine ruso a la lata como en aquellos tiempos, permanece el teatro y otras formas de entretenimiento. La sauna rusa volvió a ser cosa de mercaderes, de negociantes. Fui a la mejor sauna pública de la ciudad, eso creo. Conserva intacto la fuente del calor pero la coreografía está occidentalizada. Todo está dispuesto para el consumo en cómodos lugares con televisión por cable. Como atienden mujeres ya la desnudez no es espontánea. Los visitantes son todos gordos y muy aseñorados, con prominentes barrigas que cargan como tulas, y en donde hubo penes alguna vez, cuelga ahora una diminuta cola de cerdo. Un señor muy grande tenía por sexo más bien un tornillo que un pene. Como en tiempos soviéticos e imperiales aún los hombre se atienden mutuamente en el rito de la flagelación con ramas de algún árbol  de hojas medicinales.

 

Ay, y las albóndigas, las llamadas catlietas, siguen tan campantes, parecen familia de las cucarachas: nada las acaba. Un poco más grandes y más variadas, ovaladas, aplanadas. Montones de carne molida que mezclan en los rellenos con queso, huevo y repollo, bendito el repollo, toda la ciudad huele a repollo cocido, a repollo frito. Dicen que los antiguos eslavos ya lo cultivaban y consumían tanto como ahora. Montones de zanahoria y remolacha, pepino,  papa, y más repollo, mucho repollo. Sin duda que el la sobrevivencia de la civilización rusa es el repollo.

 

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