El laberinto del idioma

October 20, 2016

¿De qué hablamos cuando decimos algo en la diáfana lengua castellana? No pretendo hoy decirlo todo. El idioma es un instinto y un arte que solo existe de verdad en la vida. Las realidades - que sin saber indicamos - están diluidas como una civilización sumergida en el océano de las palabras del español. Y es que ‘laberinto’, ‘arte’ y ‘diáfano’ no son cosas simples como parecen.

 

 

Uno no solo usa el lenguaje sino que también pone en marcha un poderoso instrumento del pensar y del imaginar. Las imágenes del idioma son descubrimientos que griegos y latinos hicieron en el pasado. En el idioma que hablamos, incluso cuando digo: “estoy arrecho”, hay tal poder de la civilización y del erotismo, y tal refinamiento, que nos transforma de bípedos salvajes en interlocutores y amantes. Cuando nos expresamos con nitidez, somos herederos del pensamiento, el sentimiento y el arte, creados por sociedades que crearon la fuente de donde viene nuestra identidad.

 

Y si hablo del ‘laberinto’ digo ‘labyrinthus’. Este objeto no existe en la naturaleza, no es una cosa, es una entelequia para confundir que requiere de una mente genial. Los laberintos se hacen para despistar y creer que uno va por el camino y después descubre que tiene una neurosis. ¿Dónde estoy? ‘Labyrinthus’, término griego para nombrar una pesadilla de la mente creada con calles, encrucijadas y senderos ciegos que llevan a la demencia. Uno es clarividente cuando entiende su sentido.

 

Quien lo recorre no puede ‘traslucir’. ‘Traslúcido’ es una metáfora. Ella significa ver a través de lo opaco. ‘Traslucir’ es también un modo de conjeturar, inferir por un antecedente. Si veo humo se trasluce que hay fuego. Esto da inicio a una semiótica de signos para inferir lo que hubo antes y lo que vendrá. O sea, ser entendido en antecedentes y consecuentes sin verlos. ¿Y cómo se puede engañar con un consecuente o antecedente falso? Con palabras simuladas que hace un ‘ventrílocuo’.

 

¿Y quién es este sujeto? Aquel que tiene el arte de imitar voces de otros y sabe confundir y crear una confianza falsa en el circo de la vida. No hablo de objetos tangibles sino de significados más poderosos que las cosas. A través de una palabra uno ve el cosmos. ‘Palabra’ y ‘cosmos’ son abstracciones. ‘Palabra’ significa sonido y sentido. El cosmos es todo el universo físico que se puede abarcar no con la mirada sino con la mente. No tenemos ojos para verlo, aunque lo imaginamos con una palabra: ‘cosmos’. 

 

  Los griegos y los latinos, civilizaciones mediterráneas y en el Egeo, legaron un mundo fantástico: el de las palabras, con las cuales uno dice convencido: “Estoy arrecho”, del latín ‘arrectus’, participio pasado de ‘arrigere’: levantar o enderezar. Esa palabra nadie la dirá en la luna de miel. Y luna es una palabra que viene de la palabra latina ‘luminoso’, heredada del griego ‘lyknos’: lámpara. Para que no se apague la luz del idioma hay que tener encendida la atención y el amor por la noble lengua castellana.

 

 

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