La temperatura sube, sube la temperatura

April 15, 2016

El verano existe en Rusia como una ilusión que se persigue en otoño y en invierno. Esta es una de las conversaciones y preocupaciones que desvive a la gente. Si se siente la ilusión - no como un hecho ilusorio sino como algo que dura muy poco - eso es la experiencia del verano aquí. Esta ilusión dura apenas cuatro meses. 

 

 

Los compositores no tienen que perder la cabeza para escribir una canción que guste. Es suficiente comenzar con el sustantivo verano, lo demás viene por añadidura. Cuando llega el verano. En el verano que viene. El verano pasó y “cate que no lo vi”. Armenia, Pijao o Bogotá realmente son así y los matices de las lluvias distinguen las estaciones.

 

Nada pasa con las flores, nada le ocurre a la tierra. No hay guardarropas en los sitios públicos, en las casas, en los teatros que se cierran en junio y agosto. En Rusia cuando llega el verano el mundo es otro. Si cada país tiene emociones que son típicas, aquí la pregunta es: estamos en marzo ¿cuándo al fin llega el verano? Es una pregunta existencial que deja muchas dudas.

 

Hoy tenemos cuatro grados bajo cero y mañana anuncian un grado sobre cero. Estamos a tres grados. Este año no hay tanta nieve. Y como en la canción de salsa, la temperatura sube, sube la temperatura. “Parece que se adelantó la primavera”, dicen cuando el termómetro marca 10 grados sobre cero. De manera automática las muchachas se quitan los abrigos, las bufandas, los sacos y quedan en camiseta. 

 

La gente habla en la calle como si ya tuviéramos verano. Una viejita agorera dice: “Una golondrina no hace verano”. Nadie la escucha y la miran feo. Ella se persigna frente a la iglesia de cúpulas de oro y sigue su camino. Esa noche el presentador de televisión anuncia: “Mañana tendremos un viento ártico”. Y sí, el martes doce de marzo el cielo es plomizo y todas las sirenas se escondieron.

 

Abrieron otra vez los guardarropas. La ciudad engañada por los presagios recobró su ánimo invernal. Los fanáticos de las conjuras, del cambio climático, pronostican con optimismo pero - déjenme decirle que este año tendremos un verano más largo-. En realidad nadie sabe nada. Y estamos tristes en marzo: sin sol, sin verano y frustrados.

 

A las ocho de la mañana del día 30 de marzo nadie lo podía creer, nadie estaba preparado. Ni la viejita agorera ni el vendedor de periódicos a la entrada del metro. En las calles teníamos 15 grados sobre cero y el cielo como acabado de hacer. Fue momentáneo. Primero las bicicletas, después deportistas en pantaloneta trotando por las calles. Y aparecieron mujeres con el pelo tan largo como sirenas de mar.

 

El cielo era tan azul que uno podía pensar que detrás de las casas en la avenida Frunzenskaia no pasaba el río Moscú sino un nuevo mar. Como las buenas noticias, ello duró poco.

 

Siguieron dos semanas de abril con resfriados, vientos gélidos y alguna esperanza. Pero hoy 15 de abril la temperatura sube, sube la temperatura y parece que ahora sí es inevitable que en dos semanas tengamos veinte grados de calor y el esplendor desaforado y loco de los árboles, y las flores floreciendo para la ilusión de los cuatro meses que a uno le parece que duran tan poco.

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