Íconos en Rusia

September 11, 2015

Galia anticipó: “nos vemos junto a los arcos del pasillo de ingenieros de la Galería”. Llegó puntual a las 3:45 de la tarde. María Dolores le entregó el ramo de centáureas de color añil que compramos a una anciana vestida como para recibir septiembres más lluviosos. Y comenzaron sus anécdotas. “La exposición será una revelación”. Primero fue escrutar papeles durante veinte años. ¿A quién pertenecían estos iconos?

 

Un pintor de iconos no estampaba su firma. Pero examinar a través de capas de pinturas extendidas sobre la madera, nos dio la respuesta. Dos generaciones de especialistas trabajaron para esta muestra. Descubrimos la huella del pintor en cartas de 1650, con caligrafía de su puño y letra, le insiste al Zar:- Yo no quiero encargos que no me tengan en cuenta. Soy pintor de íconos.

 

Galia nos cuenta que fue a Albania. Desde que murió Anatoly vivía atrapada en una nube gris. Y lo que viví en Albania me salvó. Quedaban veinte minutos antes de la apertura. En la galería hay siete mil iconos, unos son sublimes y de algunos lo sabemos casi todo, las técnicas, la composición de los tintes de lapislázuli, de polvo de oro, de amarillos alquimistas. Yo sabía que Bizancio dejó a Rusia el arte de los iconos: Cristos envueltos en una luz inmaterial, pintados por artistas desconocidos. Sus nombres se perdieron cuando Constantinopla es incendiada por los cruzados y después por los otomanos.

 

Pasaron dos décadas reuniendo manuscritos, buscando íconos en toda Rusia. Llegamos al tercer piso. La directora de la Galeria Tretyakov dijo a los periodistas: “Hoy vemos el arte de este pintor con otra perspectiva. Su genio dio a los iconos de Rusia una belleza conmovedora. El catálogo tiene 528 páginas. Con sus colores favoritos, las imágenes únicas de 53 iconos que pintó y el hallazgo de su nombre. Es el primer pintor de iconos del que tenemos la total certeza de su firma”.

 

Las puertas se abrieron. El recinto exhibía tablas gigantescas de madera pintadas con pasión mística, con racionalidad minuciosa para crear nimbos dorados, con una intuición de la mirada que envolvía al espectador desde el rostro pintado. La tradición en Rusia preservó el sentido metafísico y el oficio artístico para pintar la ternura que comunica el gesto intangible de un rostro. Y vi la firma: Simón Ushakov, creador de una manera de pintar.

 

Los rostros de la Madre del Salvador, de Cristo muestran un realismo occidental pero el pigmento de oro, la sutileza del canon son orientales, bizantinos, y la metafísica de Rusia. Galia que conoce al derecho y al revés cada icono, me acercó a Nadia, jubilada, feliz, caminaba despacio. Era la autora hacía veinte años de la idea de la exposición. Ya era mayor cuando la conocí en Bogotá en la única muestra de iconos rusos en la biblioteca Luis Ángel Arango.

 

“Sí regresaré a Albania”, nos dijo despidiéndose. “El último día del viaje el conductor que nos llevaba a los templos ortodoxos del país nos hizo esperar. Fue nuestro guía, un amigo mayor aunque las mujeres del grupo podíamos ser su madre. Trajo una caja, cuando la abrió, desdobló un lienzo. Y algo se transformó dentro de mí. Estaba pintado a la manera ingenua y vigorosa de un pintor aficionado, el héroe épico de Albania. Cuando era niña me enamoré de su leyenda, de su osadía de hombre de una pieza. Volví a mi primer amor demente, ideal, desmesurado, de adolescente. Y la nube gris que me atenazaba se esfumó”.

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