Un verano en Moscú

‘Días del verano’, podría ser el título de la película de un director siciliano, o un relato con suspenso, enigmas  y mucha plata de por medio, en la que al final  el asesino  es el mismo lector. Por supuesto, las mariposas rojas corren por cuenta de la autora, que las deja flotar sospechosas en la ventana por donde se asoma el detective y dice: ¡Qué jartera con esta belleza de verano y yo encerrado aquí con el  cadáver! 

 

El detective de Ágata Christie también se muere de aburrimiento, por eso se inventa una trama que ocurre en verano. Aquí en Rusia llevamos el cuarto día de un espléndido verano. La palabra castellana no expresa lo que significa un verano en Moscú. La palabra surgió en España y se ‘aclimató’ en América Latina. Aquí y allá el verano nada tiene que ver con el contraste y la emoción de la estación en las latitudes nórdicas.

 

Si dura dos meses es un prodigio. Si dura menos no tuvimos suerte, y cuando termina, uno dice como un misántropo bogotano: ¿a qué horas tuvimos verano? Cómo comentaba filosóficamente la tía Doris, desde su balcón sobre la plaza principal de Pijao: “Mijo, el verano es una ilusión”. No creo que exista una frase mejor.

 

En Moscú todo se transforma por el verano. En las calles andan, corren y levitan las mujeres para todos los gustos, de todas las edades, con ojos grandes verdes o azules o amarillos, y uno se da gusto con la metamorfosis de sus cuerpos. Hace cuatro semanas no se veía un pie ni un hombro ni una cadera.  Las únicas pieles eran las de zorros azules y castores o las aburridas fibras sintéticas a prueba de temperaturas glaciales. 

 

Entramos en junio a la utopía del verano y uno ni se acuerda  que el invierno existió. En septiembre nos  pasará la cuenta de cobro por nuestros malos pensamientos. Me subo al tranvía, me siento y me dedico a espiar: Natasha va en shores azules que se ajustan casi a la ingle; Olga levita con tobillos y pies descalzos. Katya no deja ver los ojos ocultos detrás de las gafas oscuras de verano, pero sí adivino detrás de lo poco que lleva encima, todo lo que guarda por dentro. Y se trasluce para mí.

 

El verano es la sensación carnal de dudar del pecado original. Estoy en la urbe de la tierra más cerca del polo norte. En este mes de junio la ciudad de Anton Chejov se convierte  en una región imaginaria cerca del mar. La temperatura llega a veintiocho grados de calor. No dan abasto las tiendas y los kioskos que venden cerveza helada, jugos de limón con albahaca y  coca-cola con hielo o kvas de centeno.


Los señores se pasean en bermudas y chanclas por la plaza roja, y siempre habrá un japonés o un chino que  con una digital de última generación se graba, dando un paso adelante del personaje histórico. Creo que don Vladimir Ilich la terminó en verano casi a ritmo de salsa o de bachata. El ritmo del verano en Moscú es la salsa, la rumba, el merengue. En la ciudad más cerca del polo norte los ritmos de Cali y de La Habana desplazan a los valses de Viena.

 

Pero estaba hablando de las metamorfosis de la carne y del espíritu. Hasta casi las nueve de la noche hay sol. Por el malecón del río Moscú van sobre dos ruedas las muchachas más hermosas. La película es una muchacha casi desnuda en la bicicleta. Y el libreto arranca con una primera imagen a las siete de la noche como si fueran las cuatro de la tarde en Pijao y el color es real, la luz es de verdad, el calor es de tierra caliente y la muchacha de la bicicleta es auténtica y más blanca que la nieve. El verano en Moscú es una caja de mago llena de sorpresas.

Please reload

Featured Posts
Recent Posts

October 3, 2019

April 17, 2019

March 11, 2019

December 24, 2018

Please reload

Follow Us
Please reload

Search By Tags
Please reload

Archive
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square

SIGUENOS  

  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • c-youtube

Recibimos

Aceptamos patrocinadores

Contacto

Powered by

Alberto Romero