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  • Rubén Darío Flórez

El mundo perdido de los mayas


Puede existir un dilema cuando la evidencia material, reunida en piezas elaboradas, expresada en miles de objetos con rostros emblemas de jabalíes, pájaros míticos, señores guerreros, con estructuras labradas palmo a palmo e incrustadas de jeroglíficos y cartuchos de piedra conteniendo formas que se repiten pero ¿todo este universo elaborado con un grado sumo de conocimiento, arte y retórica no significan nada.

Estelas, muros, escaleras, pirámides y templos estaban recubiertos de signos de belleza pero ¿qué querían decir? La selva de Guatemala engulló las urbes pétreas, devoró sus sentidos. Los símbolos de ciudades marcadas por la escritura guardaron por centurias historias de talladores, de mujeres gobernantes, de conocimientos astronómicos y del saber de artistas escribanos. La escritura maya era indescifrable.

Todo el saber del mundo maya estaba en tres códices tachonados de elegantes ideogramas, un manuscrito de un fraile franciscano del siglo XVI y docenas de piezas de alfarería irisada de marcas de animales, dioses y seres convertidos en abstractos dibujos con sentido misterioso. Durante cuatro siglos, tres códices, el de Dresden —ciudad a donde fue a parar desde Yucatán—con su insólita altura de 20,5 centímetros y una longitud de 3,5 metros escrito en el siglo XII en Yucatán; el Códice de París también de Yucatán del siglo XIV, sobrevivía en un cesto de cosas inútiles en la biblioteca de París y el códice de Madrid de 7,5 metros de longitud tenían la clave oculta.

Eran puerta borrosa a un mundo perdido con sus sacerdotes, sus mediciones de los astros, sus ciclos de la agricultura, su léxico arcaico, sus guerras rituales, su gramática y sus historias de amor. El franciscano Diego de Landa, con devoción de cruzado y obstinación metódica de lingüista escrupulosamente reunió la información sobre los signos, y las equivalencias fónicas de la misteriosa escritura.

Sus amigos indígenas le entregaron un libro de fibra de maguey cubierto de emblemas, signos en orden de arriba a abajo y le explicaron: val es hoja, un Ahtz ib es dibujante que escribe, un ah tz ibul es cronista y vooh vu es el signo. El huun es la carta o papel donde está la letra signo vooh vu. Y los códices se hacen con Tzhib – tah –ol es decir se deben escribir con el alma, se los debe soñar.

Landa transcribió el testimonio, con un problema, cuando pedía como era el sonido en lengua maya, el hablante deletreaba los sonidos siguiendo la forma española: la b la escribía be, la r, ere. Distorsionó la equivalencia. El libro de Landa se extravió con sus claves dos siglos. Las ciudades mayas siguieron en la oscuridad. La relación de las cosas de Yucatán se olvidó.

En 1952 se publicó en la revista de etnografía soviética en Moscú un trabajo que cambiaría nuestro conocimiento del mundo maya: La escritura de los mayas de Iury Knorozov, que muestra que la escritura maya es silabomorfémica. Publica un exhaustivo catálogo de los signos maya. Las ciudades de escritura podían ser descifradas: Habrá canción.

La embriaguez entró. Sacerdote llegará. Él vendrá. Chorro de embriaguez. Su poder. Él vino. Está en la cabeza. Los textos mayas serían descifrados.


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