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  • Rubén Darío Flórez

Estación transmilenio. Bogotá 7 a. m.


El filósofo Wittgenstein acuñó una expresión que se ha vuelto popular en los medios universitarios: Juegos del lenguaje. Se refiere a que cuando los hablantes intercambian frases, crean situaciones con palabras. Esto puede ser usado como un mecanismo de poder o de control social o de manipulación de nuestras imágenes sobre la realidad.

Al regresar a Bogotá tuve la primera inmersión en la rutina del transporte. Estaba con el ánimo que da la prodigiosa geografía de la capital: los cerros casi azul esmaltados, el horizonte que muestra el cono blanco del nevado del Tolima. Y di mis primeros pasos para entrar a la latonería oxidada del “sistema integrado de transporte masivo transmilenio”. Cada paso mío sobre las planchas de zinc chirriaban como anuncio de algo. Una suela se me enredó en una de las latas del puente de acceso a la estación.

A cada paso emitía la latonería un crac metálico. Vi a un revoltijo, a una masa bien bañada y vestida esperando al bus que los salvaría del amontonamiento. Di un paso y me integré al ovillo antropomorfe que levantaba manos, guardaba las carteras, se estrujaba y respiraba en la salida. Las puertas que se desjarretaban de sus remaches con la estación estaban abiertas al vacío. Y los afortunados: suspendidos sobre el asfalto, avistaban al bus que los sacaría del manoseo, apelotonamiento y acoso. Nadie era individuo. Éramos la masa aplastada por el sistema.

Yo empezaba a sudar aunque olía a Yodora, Calvin Klein de San Victorino, a Pachulí con huevo frito. Al fin apareció un bus rojo. Un espasmo atravesó la multitud. El bus sangre anemia frenó, olió a gas quemado. Las puertas se abrieron y vomitada por la presión la masa olorosa entró como relleno de usuarios del transporte al bus vampiresco. Sin suerte no pude ingresar.

Llegó el segundo bus. Ocurrió el mismo proceso de expeler a la masa al salón del bus donde se apretujaron sobre los vidrios. Durante cerca de quince angustiosos minutos, se fueron aparcando uno, dos, cinco hasta seis buses que acogían en sus salones como galpones a los “pasajeros del transmilenio”. Hubo una cola de buses parqueados que no se movían. Era una tortura sobre las personas vueltas papilla de sudor por el “sistema integrado”.

- “No sea chanda, no me manosee”- gritó la muchacha a un sátiro verde y lúbrico. Vi a la masa enchorizada en los buses. Pegados de los vidrios: brazos, hombros, nalgas caras, sexos, barrigas, corazones, sudor, dedos, espaldas, pelos y rodillas adheridos unos a otros. El inventor del averno bogotano diario es Enrique Peñalosa. Da reportajes trepado en bicicleta entre verdes de manipulación. Llama a esa cosa : “transporte integrado Transmilenio, que transporta al siglo veintiuno”. Lo publicita en Mozambique mientras vive en Londres.


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