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No hay que creer en espantos pero

Habíamos recorrido quinientos kilómetros por la carretera que se extendía de Bogotá al centro del Casanare, entre valles en páramos de lagunas prehistóricas en las alturas, frailejones del pleistoceno, neblinas eternas y después por la sabana resplandeciente que cortaba la autopista, vacas nirvánicas entre altas temperaturas inconcebibles en Bogotá. Al fin en Casanare nos habíamos escapado de trancones y el olor a hidrocarburo de Santa Fe. No recuerdo si fue al décimo día de instalarnos en la casa de los mangos del jardín. Todavía podíamos comparar la temperatura al mediodía mitigada por la brisa que embriagaba los sentidos, con la temperatura de helajes y lloviznas bogotanas del año viejo.

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Alberto Romero